
Trailer de la película Saint Maud.
En 1926 se conoció en Europa y el resto del mundo la fascinante historia de Teresa Neumann, una mujer alemana de 28 años, que según lo constataron medios de comunicación, teólogos, creyentes y ateos, era la primera mujer del siglo XX a la que se le aparecieron los estigmas de Cristo. Es decir, que en su cuerpo, se formaron heridas correspondientes a las que tuvo Jesús en sus últimas horas de calvario: marcas de clavos en muñecas y pies, así como también el rasgado del costado con la lanza.
Su vida fue trágica en varios aspectos: un accidente que la dejó paralítica desde muy joven, una ceguera que llegó de la nada, y problemas internos como apendicitis. Neumann era una laica devota de Santa Teresa de Lisieux (Santa Teresita de Jesús), y perteneciente a la Tercera Orden de San Francisco de Asís. Según ella misma, recuperó la vista con ayuda de sus oraciones a Santa Teresita.
Teresa Neumann representó un enigma tanto para la comunidad científica, como religiosa e inclusive escéptica. Decía que, a través de diversos episodios en su vida, Dios se comunicó con ella y su poder se hizo presente en su cuerpo. En los periódicos se la conoció por ser la mujer que lloraba sangre, mantenía ayuno casi permanente y tenía visiones sobre la muerte y resurrección de Cristo.
Sobre la historia de Neumann hay mucho de qué hablar. Se necesitaría un artículo (¡libro!) completo para explicar su impacto en el mundo místico del siglo XX. Mencionamos a Teresa, como una premisa de los temas y el relato que nos ofrece la película de terror psicológico Saint Maud (2019).
Antes de pasar a lo que nos compete, merece la pena mencionar que el escritor argentino Luciano Lamberti, conversa con su propia versión de Teresa Neumann en su cuento titulado: Santa, que aparece en el libro La casa de los eucaliptus (2017). De cierta forma, la trama del cuento, converge y coincide con la de la de la película en varios aspectos. Desde luego, no se trata de un comparativo, pues son formatos y propuestas distintas, sino más bien, de un complemento que, visto desde cierto ángulo, resulta muy interesante en el aspecto de hablar de un tópico poco explorado desde el horror: Las posesiones y revelaciones de Dios.
Saint Maud es un largometraje de ficción, escrito y dirigido por la cineasta británica Rose Glass. Su estreno mundial tuvo lugar el 8 de Septiembre de 2019 en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF). También tuvo una participación notable en otros festivales, como en el Fantastic Fest de Austin, Texas (septiembre 19), y en el Festival de Cine de Londres (octubre 5). Fue distribuida en Inglaterra por Studio Canal y en Estados Unidos por A24, la productora de independiente que ha develado en los últimos años (o al menos ha colocado en el debate público), piezas de drama y horror como: The witch (2015) de Robert Eggers, Lady Bird (2017) de Greta Gerwig, Hereditary (2018), o Midsommar (2019) de Ari Aster.
Es una lástima que la pandemia del covid-19 del 2020, haya retrasado y cancelado la distribución de esta cinta, en la mayoría de salas de cine del continente Americano. Es también, por esto, que merece la pena hablar de una propuesta, que por azares del contexto, ha pasado injustamente desapercibida.
La historia de este film se centra en Maud-interpretada por Morfydd Clark-, una joven enfermera privada de cuidados paliativos, cuya devoción a Dios, derivada de su reciente conversión al catolicismo romano, hacen que poco a poco, seamos testigos de una transformación espiritual, pero terrorífica de su propia vida.
Antes, Maud era conocida como Katie, pero un incidente relacionado con su labor de cuido como enfermera, hacen que ella se oculte tras el nombre que es también el título de la película, y que se mude hacia su nuevo empleo, en donde conocerá a Amanda -caracterizada por Jennifer Ehle-, una exitosa bailarina retirada, que ahora se encuentra en silla de ruedas por una enfermedad terminal en estado avanzado. Para Maud, esta será una oportunidad con la que reivindicará su llamado de Dios, y a la vez, salvar el alma frívola y bohemia de su enferma patrona.
Esta oportunidad se convertirá en la obsesión de la protagonista, que de vez en cuando, hace apuntes del relato -que es narrado desde su perspectiva -en una voz en off que ubica sensaciones, emociones y objetivos. Estos fragmentos de voz en off, a veces son las plegarias de Maud, hechas en la oscuridad de su recámara.
En este sentido, Rose Glass sugiere una experiencia de introspección en la psique del personaje que Morfydd Clark da vida, y que logra mantenernos al borde del asiento, prácticamente todo el largometraje. Precisa mencionar, que esta interpretación, es una de las más brillantes y arriesgadas dentro del trabajo filmográfico de Clark, que cabe mencionar, tiene sus antecedentes actorales en el teatro. Esto, desde luego, es una de las virtudes narrativas del film, puesto que nos acerca íntima y vertiginosamente a la relación entre Maud y Dios.
Dicha relación espiritual, es lo que le da a esta película, una esencia ambigua que se debate entre lo sobrenatural y el delirio. Y he ahí su valor de frescura para el terreno del thriller.

Jennifer Ehle en el papel de Amanda, también se perfila con una sólida interpretación, que entre la agonía y la nostalgia nos hace pasar momentos alucinantes junto a Maud, quien contagia y/o afecta -con su santidad- a quienes se relacionan con ella.
En este sentido, el personaje de Maud, también nos recuerda a otras mujeres del cine que, con sus auras sobrenaturales, generan tensiones entre los y las que la rodean. Tales son el caso de Carrie, tanto la versión de Brian de Palma (1976) como la de Kimberley Peirce (2013), Possesion (1981) de Andrzej Zulawski o Rosemarie’s Baby (1968) de Roman Polanski.
La fotografía estuvo a cargo de Ben Fordesman, la cual es un acierto de la película, que refleja a través de planos detalles y cerrados, el claustrofóbico espiral de violencia y sadismo en el que Maud cae, tras recibir (imponerse) y aceptar su destino como santa y mártir del siglo XXI.
Tanto la violencia y el erotismo en Saint Maud son impactantes. A veces aparecen con sutileza. No son meros adornos o escenas rellenos. De hecho, son básicas para comprender e intentar dilucidar, tanto la naturaleza conflictiva de Maud, como también un posible desenlace en la historia. Y no es que se trate de algo predecible, es más bien, en función de acertijos o pistas de lo que se viene. Esta brutalidad, presente tanto en lo sexual como en el gore, sin querer queriendo, refleja una tesis sobre la relación entre cuerpo, alma y mente.

A pesar de los dramáticos y extraños contactos que Maud tiene con esa fuerza superior -que para ella es Dios, y a veces se presenta en forma de cucarachas, susurros dados por el viento o voces graves hablando en lenguas muertas-, la lucidez del relato no claudica en sustos fáciles y reducidos a presencias o apariciones espantosas o extranormales, aunque una de las escenas climáticas cercanas al final revele a un espectro, no hace más que afirmar lo incierto, ambiguo y cercano que está el tema sobrenatural con el de la locura (o fanatismo, si se quiere).
Aquí, es la misma protagonista la que encarna al horror, el enigma y la obsesión. De hecho, las escenas más repulsivas, son aquellas engendradas por las acciones de purificación realizadas por Maud, para llegar a convertirse en santa, en cuyos momentos se evidencia, a su vez, una catarsis en torno a la dicotomía entre dolor y sufrimiento.
Uno de los monstruos más notables del film es su banda sonora. Compuesta y dirigida por Adam Janota Bzowski, nos devuelve y remarca la intensidad con la que se desarrollan las acciones. Esto por un lado, puede resultar un tanto sobre indicativo, saturando los mensajes con un vértigo que, me parece, logra aflorar con mayor naturalidad en el desarrollo de los personajes. Sin embargo, este detalle parece una especie de tributo al cine de horror occidental de finales de los años 60’s e inicios de los 70’s, con bandas sonoras estridentes, climáticas y tormentosas.
A propósito o no, el factor sonoro es ligeramente parecido al diseño musical de la cinta The exorcist (1973), de William Friedkin, la cual estuvo a cargo de Robert Garrett y Eugene Marks, con la ejecución de la Orquesta Sinfónica de Londres.
La gran diferencia es que en Saint Maud, no hay exorcismos pero sí una situación ambivalente en la que se nos dan dos opciones: hay una posesión de Dios o un caso clínico de esquizofrenia.
Y si acaso nos llegáramos a decantar por esta última posibilidad, atrevidamente podríamos afirmar, que en ese sentido, se nos está presentando una historia con ciertos paralelismos inconscientes del Joker (2019), de Todd Phillips, que dicho sea de paso, también participó en el TIFF del 2019.
Es decir, en ambas películas seguimos los pasos de un personaje inestable, solitario, acosado por un pasado desgarrador, que lejos de recibir ayuda a sus angustias psicológicas, acaba siendo marginado por su propia condición en su sociedad y a su vez, busca la redención o la justicia, a través de acciones éticamente cuestionables.
Saint Maud es entonces una de las últimas cintas de bajo presupuesto, que ha demostrado fascinar con sus temáticas y desarrollo actoral. Debemos reiterar, que es una lástima, la poquísima distribución y divulgación de esta cinta, concretamente en América Latina. Y digo que es una lástima, al momento de compararla con el acaparamiento del cine de terror que los grandes estudios realizan. No se trata de darle la espalda a dichas propuestas, sino más bien, abrirle campo a estas otras, que a veces (como es el caso), con todo y el bajo presupuesto, logran sacudirnos con historias particularmente originales, sugerentes y desde luego, escalofriantes.
