Jesus Camp: del evangelismo al partido republicano

Una de las actividades registradas por las documentalistas Rachel Grady y Heidi Ewing en el campamento Kids on fire, es la de orar por los políticos de la nación llevándolos “simbólicamente” al auditorio.

Imagen extraída del documental.

Trailer del documental Jesus camp (2006)

El diablo va en busca de los jóvenes. De los que no pueden arreglárselas solos. Es por eso que queremos ayudarles y advertirles. Y hablando de eso, déjenme decirles algo sobre Harry Potter: ¡Los brujos son enemigos de Dios! Y no me importa qué clase de héroe sean. Son enemigos de Dios, y si hubieran estado en el Antiguo Testamento, se habría dado muerte a Harry Potter”.

Pastora Betty Fisher. Fundadora del campamento Kids on Fire.

En el año 2006, las documentalistas norteamericanas Rachel Grady y Heidi Ewing, estrenaron el documental Jesus camp (“Jesus camp: soldados de Dios”, en su traducción al castellano). Fue nominado al Óscar en la categoría de Mejor largometraje documental, y también al premio otorgado por la Asociación de Críticos de Chicago.

Jesus camp es el develamiento de una fracción de estadounidenses-cristianos-evangélicos, cuya prédica se dilata en el lugar común, en el que todas las sociedades ven sus esperanzas: la infancia.

Las directoras, Grady y Ewing, deciden colocar el lente de sus cámaras en las inmediaciones del campamento Kids on fire (el cual fue disuelto después del escándalo ocasionado tras la publicación del documental), ubicado al norte de Dakota. Cerca de un lago conocido como El lago del diablo.

Este campamento es liderado por la pastora Betty Fisher, una mujer pasada de los 40, cuya misión, según ella, es entrenar a los niños para formar un ejército que cumpla con el mandato de Jesús. Un mandato que se mezcla con cierto espíritu nacionalista que hace paralelismos muy significativos entre el significado de ser “soldado” en tiempos de George W. Bush.

Para hablar de este documental, me parece, precisa entender el tenso clima político-social que se vivía en Estados Unidos a inicios del siglo XXI. La incertidumbre que dejó el ataque terrorista al World Trade Center (9/11) en el 2001 en pleno corazón de Nueva York, intensificó la intervención militar del gobierno de Bush en el Medio Oriente. Esto, a su vez, propició aún más la radicalización de diversos sectores sociales, con ideales conservadores proteccionistas, entre los que figuraban las iglesias protestantes.

Desde las dos décadas finales del siglo XX (80’s-90’s), temáticas como la salud pública, el VIH, el calentamiento global, el aborto, la separación de iglesia y estado, la inmigración forzada, el exilio ocasionado por los conflictos políticos propiciados por la guerra fría internacional, los derechos civiles de las comunidades marginadas (LGBTI, afro descendientes, etc.), adquieren cierto protagonismo en espacios mediáticos que los divulgan entre un debate social y político, que retoman las agendas de varios gobiernos de occidente -en claves discursivas-, y el de Estados Unidos no fue la excepción.

Con la llegada de presidentes como George W. Bush, desde el partido Republicano, estos temas se retrataban con bastante apatía desde el discurso oficial. Una conversación tan urgente como el calentamiento global, fue desmentida por gran parte de políticos y adeptos al partido que representaba Bush.

Justamente se recuerda a su adversario demócrata, el abogado Albert Gore (mejor conocido como Al Gore), por haber propiciado el debate a favor de políticas medioambientales, que Bush negaba con la argumentación de que el cambio climático era un mito. Esto desencadenó a lo largo de su gestión, diversas críticas por parte de la comunidad científica, que hasta el día de hoy, siguen declarando que durante ese gobierno, hubo una crisis de mala información en temas medioambientales.

George W. Bush fue miembro desde 1997 de la Iglesia Metodista Unida (UMC, por sus siglas en inglés), de corriente protestante evangélica. Esta preferencia religiosa es clave, en la historia política de Bush, debido a que gran parte de su discurso, se apegó a una retórica teológica que apelaba a la moral cristiana que aprendió en la UMC.

Jesus camp evidencia este contexto, a través del retrato específico de un grupo de ciudadanos protestantes, cuyo relato está íntima y directamente ligado con el de Bush. 

Levi, de 12, Rachael, de 9 y Tory, de 10 años son una muestra de la infancia que la pastora Fisher acoge en el campamento, al cual asisten cientos de chicos de edades entre 6 y 13. Muchos de estos niños son originarios del suroeste de Estados Unidos, una zona geográfica que es conocida como el Cinturón Bíblico (abarcando desde Carolina del Norte hasta Ohio). Se le llama así a estas regiones, debido a la alta cantidad de población cristiana evangélica.

Actualmente, el país estadounidense cuenta con 95 millones de ciudadanos y ciudadanas que pertenecen a iglesias evangélicas, las cuales están segregadas en su mayoría, en los estados del suroeste. Según la agencia de noticias France 24, cuando hablamos de procesos políticos, ellos pertenecen al 26% del electorado y a su vez, mayoritariamente identificados con el partido republicano.

En el documental nos enteramos de que uno de los chicos, Levi, es educado por sus padres en casa. Esta educación incluye teología cristiana y excluye temas como el darwinismo y por tanto las teorías evolucionistas. También hablan abiertamente sobre una nación que ha perdido sus valores y que necesita urgentemente de guerreros que pongan a Cristo antes que nada. Y no son especulaciones, lo dice la propia madre de Levi.

Estos y otros ejemplos, nos muestran cómo algunas personas optan por una vida ampliamente regulada desde la religión. Es este el tipo de familias que aceptan llevar a sus hijos a campamentos como el que administra e imparte Betty Fisher.

Entre algunas de las actividades que ofrece el campamento Kids on Fire están: ceremonias en donde se alza la voz para pedirle a Cristo su intervención en las decisiones políticas del país; montar bailes con simbología militar y cantar himnos de guerra dedicados a Dios; sesiones de oración en las que los niños deben identificar sus pecados y exclamar por su perdón; sermones en donde los niños pueden convulsionar y hablar en lenguas desconocidas; alabar a un George W. Bush de cartón tamaño real; explorar los alrededores siempre y cuando no realicen actividades pecaminosas.

Mike Papantonio es un abogado y comentarista de radio que aparece en el film, sirviendo de contraparte o contra-discurso. Su participación funciona como crítica hacia la doctrina que encontramos vigente

En algún punto de la proyección, casi al inicio, la pastora Fisher afirma que desea que los niños cristianos sean tan radicales como los musulmanes. Tomando en cuenta el contexto, esta aseveración resulta espinosa. 

En fin, Jesus camp es una mirada, que si bien, y esto merece la pena comentarlo, se aprovecha de las emociones de sus protagonistas, para develar un mundo íntimo que proyecta ideas colectivas, políticas y adoctrinadas, es también una estampa específica sobre un tiempo.

Kids on fire no necesariamente debe ser una propuesta generalizadamente aceptada entre todos los religiosos evangélicos. El documental no busca decir “Todos ellos son así”. Más bien es: “Esto solía pasar en Estados Unidos. Algunas personas creen en estos caminos”. A su vez, no todos los niños que aparecen en la película, se han convertido en personas desequilibradas o necesariamente violentas. (Véase lo sucedido con los niños 10 años después.)

Levi, de 10 años, en una protesta contra el aborto, efectuada por el grupo de Kids on fire. Fotografía retomada del documental.

Jesus camp es más una advertencia de lo que puede suceder, una vez mezclamos ideas radicales tanto políticas como religiosas. Y el debate que se abre, desde luego está orientado a algo que va más allá de una crítica hacia una religión o grupo social. Es más bien a los modos existentes de educación y la forma en que estamos mostrándole un mundo a los pequeños.

No se trata de creer que sería mejor si fueran cristianos católicos incitando a los chicos a inclinarse por el partido demócrata. La cuestión, desde mi punto de vista es más bien, si ese modo de operar y relacionar o instruir a la infancia en lo relativo a lo sagrado, lo político, lo científico y lo crítico, es lo más adecuado -más allá del concepto de bienestar- para la vida futura (¡pero también presente!) de un niño.

Cabe preguntarse, después de ver la cinta, ¿qué clase de herencias dejamos?, y más aún, aunque suene cliché, ¿en qué mundo y con qué dinámicas criamos a nuestros hijos?, esos que un día serán ciudadanos con derechos y deberes, con libertades y decisiones que tomar. Esos que a lo mejor, un día deban criar a otros niños para poblar la tierra y seguir este legado que tira y encoge entre las dudas y las certezas.

Enlace para ver el documental.

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