Sobrevivir a un virus: una forma de resistencia

“Alguien sugería que la enfermedad se debía a algún encantamiento de brujas, o a magia negra perpetrada por extranjeros o peregrinos de paso, y en seguida individuos inocentes, pobres viejas dementes o inmigrantes no integrados eran inmolados entre crudelísimas torturas.

-Francisco Crussí (“La epidemia: una perspectiva histórica”, Publicado en Letras Libres, Junio 30 del 2009.)

Por Ramiro Guevara


Nota: El siguiente ensayo fue escrito entre el 16 y 18 de marzo del 2020, el año de la pandemia. Se publicó en el portal informativo In Tempo, y en el periódico La Prensa Gráfica (LPG). Presentamos aquí el texto íntegro, sin cortes ni censuras.

En un pequeño país. Centroamérica. Navidad del año 2019.

Esas son las coordenadas necesarias para entender una marea de hechos, que, entremezclados, nos sitúan en el hoy, en lo que en palabras del documentalista João Moreira Salles sería “el intenso ahora”. En esta nube espesa que atraviesa múltiples condiciones del espectro humano.

El río de la posguerra ha desembocado en un capítulo que, me parece, será recordado particularmente en el futuro: la pandemia del siglo XXI. La periodista Naomi Klain definiría esta coyuntura como un “estado producido por la doctrina del shock”, siempre eficaz para desestabilizar poblaciones.

En este caso, un estado de shock, es aquel momento en el que algo extraordinario sucede a niveles colectivos y genera miedo e incertidumbre, y obliga a tomar medidas que cambian, radical o superficialmente, el modo de operar de las sociedades o grupos específicos dentro de las ciudadanías. Ejemplos que da la propia Klain: golpes de Estado, terrorismo, ataques militares, crisis por causa de desastres nucleares o naturales.

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La víspera de la navidad de 2019 estuvo acompañada de expectación acerca del nuevo Gobierno de El Salvador. Todas las personas se preguntaban qué sería de los cambios generados por el Gobierno, liderado por el partido Nuevas Ideas.

El contexto en general ya estaba agudizado y convulso por múltiples hechos: la resaca de las caravanas de 2018 y todas las posturas que generó en redes sociales, la crisis de las izquierdas en América Latina, la implacable tensión del crimen organizado en fronteras y la emergencia (¡otra vez!) de la intolerancia de las representaciones de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos.

Con todo eso llegamos a febrero de 2019. La Asamblea Legislativa fue, literalmente, tomada por el Ejército Nacional. Esto, como medida de presión para que la cámara de diputados aprobara el presupuesto destinado al Plan Control Territorial, ese plan que invierte en armas y cámaras y cosas que suelen ocuparse en las guerras.

Después se vino marzo y los feminismos salieron a las calles a proclamar lo que siempre se ha callado. Un poco de luz entre tanta oscuridad. Despertares tempranos y a la vez tardíos. Desarrollo de posturas que van contra todo lo que no nos deja expresarnos y convivir sanamente, sin violencias ni represiones, ni estigmas, ni nada que nos devuelva los ríos inmensos de sangre en las calles, en las historias que habrá que contarle a los que no han nacido, en el imaginario que algunos queremos limpiar, haciendo esto o lo otro. Escribiendo, creando, investigando, enseñando, dialogando, o simplemente reconociendo lo múltiple que es la vida y sus formas y sus derechos de ser y estar.

Pasó eso y de pronto el mundo se enfermó. Así nomás. COVID-19, el SIDA del siglo XXI, o peor, en el sentido mediático de la palabra. El mundo empezó a encerrarse, y los animales comenzaron a llegar a las ciudades vacías de Europea e India, habitando el espacio que han arrebatado los hombres civilizados.

Avistamientos de ciervos salvajes en las calles de Nara, Japón (2020, Getty Images)

Así estamos. En una distopía extraña, en donde el campo de juego, de trabajo, o batalla, se amplía cada vez más, tal cual lo propone el autor Michel Houllebecq. Se amplía porque el peligro, dicen los medios, está en todas partes. Y de hecho sí: en la economía, en la salud, en la soberanía alimentaria, en la seguridad, en la libertad de tránsito, en la libertad de reunión y convivencia.

Es la lucha contra el sistema insostenible que nos exprime los bolsillos, es la lucha contra la violencia diaria que aqueja a muchas personas en la marginalidad de nuestros países del tercer mundo (hoy sur global), o sólo por ser diferentes. Es la lucha contra una enfermedad que se propaga rápido y que ya muchas señoras religiosas andan catalogando como una de las plagas del nuevo Egipto.

Es de nuevo la crisis migratoria, pero esta vez también en Grecia, los brotes invisibles de dengue en América, los conflictos armados de Medio Oriente, nunca apagados.

Y otra vez, son los chispazos de luz de los movimientos indígenas que hacen cadenas de mensajes de amor en radios comunitarias, son de nuevo los movimientos sindicales exigiendo que no se olviden de ellos durante la crisis, son de nuevo los recordatorios de que el patriarcado es un enorme virus que hay que atacar.

Todos estos hilos conviven en la memoria de estos días. Sin embargo, está presente el factor de otro virus que es un poco ruidoso: el virus del pánico.

Pánico” (2011, Ismael Rodríguez Rueda)

Un pánico difundido por los discursos de prevención-control, un pánico generado por las falsas noticias, que, afortunadamente, ya se están considerando crímenes. Un pánico que atiende a una situación real, pero que al mismo tiempo hace que nos desatendamos de otras cuestiones fundamentales. El sentido de comunidad, por ejemplo. La empatía por aquellos que no pueden simplemente quedarse en casa, porque si no salen a trabajar, no pueden tener algo en los bolsillos para comer, comprar medicinas, comer y volver a trabajar. Gastar en el transporte público, hacer de los pasillos tambaleantes de los buses la primera oportunidad para vender cualquier cosa, a veces dulces, o ropa, o cosméticos, y así hasta llegar a la etiqueta que nos puso el poeta Dalton: “los vendelotodo”.

Muchos trabajadores del sector informal deben trabajar para seguir trabajando, y tener algo para subsistir, y retener los fuertes deseos de emprender otra caravana hacia los Estados Unidos, que también está en crisis financiera por el coronavirus.

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En el 2009, el patólogo y ensayista Francisco Crussí, publicó un artículo en la revista mexicana Letras Libres, titulado “La epidemia: Una perspectiva histórica”, en donde desgrana el desarrollo de lo racional y lo irracional, como lo positivo y lo negativo, que no pueden existir sin el otro, a través de la obligación impuesta por los temores colectivos que generaban las anomalías que atacaban al cuerpo humano y lo debilitaban, debilitando a la vez el funcionamiento de la sociedad, porque desde hace mucho se fundaron mitos sobre una sociedad llena de peones y castas y fronteras, y los trámites que permiten la conexión de estos se ven afectados por estas anomalías: brujerías, pestes, maldiciones, o virus, como se conoce hoy.

(Algo importante es que en estas problemáticas, siempre, hay un discurso hegemónico que busca culpables y quiere castigarlos. También, debajo, o en los márgenes de ese discurso oficial, hay gente que acaba peor, porque los virus masivos llegan de diferente manera: atacando la economía o la salud, lo primero puede llevar a lo segundo, y viceversa).

Anclado a la cuestión del desarrollo técnico por presiones de la amenazante naturaleza, para curar enfermedades, para fortalecer los hogares, para transportarnos, comunicarnos, etc., siempre hay también una relación fundamental entre nosotros, y el mundo natural. Una relación que a veces se intoxica, o mejor dicho, se intoxica casi siempre, porque los virus y su propagación mucho tienen que ver con esa relación que hay entre humanos y naturaleza. Entre sociedad y vida salvaje.

Podemos traer a la memoria la gripe aviar, la H1N1 o gripe porcina y hoy el COVID-19, que dentro de los múltiples orígenes está la versión de que ha nacido por contagios causados de personas que comieron cierto tipo de carne animal. Su origen aún es fuente de discusión, pero lo cierto es que este tipo de crisis también pone en cuestionamiento ese trato, esa relación constante entre humanos y animales. Relación desigual, de violencia y holocausto, se vea por donde se vea.

Campaña de ACCAOANIMAL

Slavoj Žižek, el filósofo esloveno, sacudió a través del Russia Today, aun cuando la crisis todavía no se había agudizado, en los últimos días de febrero, diciendo que el COVID-19, ha sido un golpe fuerte para el sistema global de transacción de capitales. No es una novedad ni es algo que ignoramos. Lo importante aquí es repensarnos como individuos en ese sistema. En esa matriz de relaciones sociales, políticas, culturales y económicas. Todas estas se están viendo afectadas, algunas en mayores medidas, pero que al fin de cuentas, tanto a nivel local como internacional, nos sitúa en una oportunidad para reinventarnos, tal como lo diría Žižek.

Fotografía documental de Andrew Reneisen: Imágenes íntimas de una pandemia (2020)

¿Cómo nuestras precarias y golpeadas democracias enfrentan el problema en todas sus aristas?, ¿cómo prevenimos también no sentirnos atolondrados por la incertidumbre de las noticias falsas y reales?

Hace algún tiempo, mientras hablaba con un grupo de amigos y amigas, alguien dijo algo así como: “Pronto será el fin del tercer mundo”.

Repienso en la frase en nuestro contexto, y me parece que el final del tercer mundo (sur global, países en vías de desarrollo, como quieran llamarlo) no sería sino el principio del final del primer mundo. En sí mismo lo es. En el “tercer mundo” acaba el sueño del “primer mundo”, pero entre las brechas del primero, el segundo, o el tercero, no hay en verdad nada más que humanidad que se enferma, que trabaja, que baila e intenta día con día ser feliz. En todos los mundos hay odio, y es el virus más grande cuya cura aún no queremos encontrar.

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Sobrevivir ahora al virus es resistir también al sistema económico y social. La idea de replantear nuestras vidas, nuestras ciudades, la distribución del poder y los recursos es justo lo que feminismos, indigenismos, veganismos, pacifismos y otros movimientos de participación ciudadana han querido dejar por entendido.

Cada generación tiene su momento de prueba, solía decir mi abuelo, que sobrevivió a la guerra pero no a la posguerra. Lo mató el cáncer y el vertiginoso ritmo de los nuevos tiempos.

En una postal italiana ilustrada, firmada con el lema “Tanti Auguri”, que traducido quiere decir “Buenos deseos”, aparecen personas desde sus balcones con guitarras y cacerolas. Esta imagen hace alusión al 15 de marzo, día en el que, en algunas ciudades de Italia, muchos habitantes salieron a sus ventanas a cantar el himno y aplaudir a los médicos. La postal no tiene firma de autor, pero circula en Facebook con una leyenda relatada por el doctor Ira Byock, en donde dice que la antropóloga Margaret Mead dijo a uno de sus estudiantes que la civilización no comienza en el invento de las máquinas, sino en el ayudar a otro cuando éste lo necesita. Mead escribió mucho sobre el sentido de comunidad y pertenencia, como la piedra angular de toda sociedad. Una civilización no es sino donde hay nudos de ayuda y cooperación solidaria en su interior.

La crisis del COVID-19 nos empuja a revisar esos nudos. A desatarlos y volverlos a atar. A reconstruir escombros de ruinas, a no romantizar el #QuédateEnCasa; a pensar en medidas para regenerar tejidos sociales, implementar modelos culturales que nos enseñen sobre dignidad y cooperación, porque también, y esto me lo planteó un comunicado de la editorial colombiana Laguna: “¿Cuál es el papel de la cultura en todo esto?”, ¿basta con liberar libros, series y películas para sobrevivir a la encerrona?

Otra vez, la mirada se va a las bases. A la relación que hay entre nosotros, nuestro entorno social y natural, nuestros procesos de intercambio de mercancías.

Es muy curioso que la crisis COVID-19 sucede después de que la productora audiovisual salvadoreña Black Coyote lanzara una adaptación teatral de “La guerra de los mundos”, en donde la gente se vuelve loca por la narración radiofónica de una invasión alienígena ficticia. La primera fake news de la historia, dirían algunos.

Internacionalmente se actúa como la sociedad de esos tiempos actuó frente a los invasores. Pero hoy el invasor es real, invisible, y escala muchas esferas de nuestro mundo humano. Es así como nos queda una lección enorme: nuestras comunidades están debilitadas por la historia, por las reformas económicas. Es hora de pensar en el después de la crisis, e intentar levantarnos bajo un sol distinto. Reanudar las luchas contra el virus de la indiferencia y la desigualdad, que sigue enfermando a nuestros países, desde que el mundo se dividió en no dos, sino varias partes.