Cuando importan más las paredes

“¿De qué están hechos nuestros recuerdos, nuestro lugar, eso que llamamos casa?”

-Daniela Rea (“Alguien moverá edificios enteros”, crónica sobre los terremotos en México. 2018.)

Por Ramiro Guevara

(Nota: El siguiente texto, fue escrito entre Mayo y junio del 2020. El año de la pandemia.)

El filósofo Jean-Jacques Rousseau, fue uno de los primeros en avisarnos, que la humanidad había cambiado radicalmente, o podríamos decir, se había vuelto civilización, cuando se inventó el concepto de propiedad privada, y desde luego, se puso en práctica.

El contrato social que implica la propiedad, de cierta forma, es también una aproximación al concepto de frontera.Sólo recordemos esos vistosos carteles, que más de alguna vez hemos visto colocados en un enrejado: “No pasar/Prohibido el paso, propiedad privada”.

No está mal adquirir sentidos de apropiación o de pertenencia a espacios, u objetos. Lo que sí preocupa, es cuando éstos, valen mucho más indignación, que la pérdida de una vida a manos de la brutalidad sistemática de un gobierno, o un gen cultural que siembra exclusión y agresión a las diferencias o disidencias

Las recientes protestas en Minneapolis y otros lugares de Estados Unidos -ese país tan complejo, vacío y al mismo tiempo rebalsado, como diría Valeria Luiselli -, han desenmascarado la otra cara del establishment: esa que está soportada por la decencia de los buenos ciudadanos, que atesoran más a los edificios que decoran sus ciudades, que a los otros ciudadanos que en ella conviven.

Las metas del capitalismo
(Propaganda soviética anti-estadounidense)

La muerte del afroamericano George Floyd, de 46 años, presuntamente acusado por fraude, a manos (arodillas) del policía Derek Chauvin, el 25 de mayo, quien tras arrestarlo, lo dejó inconsciente después de atraparle el cuello entre su rodilla y el pavimento, desencadenó la noche del miércoles 27, una serie de protestas que colocaban al centro de la discusión, de nuevo, las conductas racistas que han tejido, en el país de las barras y las estrellas, años de impunidad y violencia social.

Las imágenes y videos de los disturbios, tanto en Minneapolis (donde sucedió el incidente de Floyd), Los Ángeles, Chicago y Memphis, que han circulado en redes sociales, ha ocasionado más indignación que la muerte de George. Algunos grupúsculos de la extrema derecha en Estados Unidos, han pedido con urgencia que se instaure el orden.

¿Cuál es ese orden?, hay que preguntarse, porque el presidente Trump ya respondió a través de Twitter, que si hacía falta llevar a todo el ejército para restaurar el orden, pues que cuenten con él. Activistas de Black Lives Matter, fueron algunos de los primeros en pronunciarse ante
la acción violenta de la policía, que es una, según dicen, de muchas que se quedan atrapadas en el silencio.

Protesta contra el racismo, junio 6 del 2020, con la pandemia de COVID-19 como telón de fondo (Fotografía de AFP)

No es la primera vez que este tipo de indignación, por las maneras de protestar, reaviva el debate por lo que se debe hacer y no en los espacios públicos, como las calles. Numerosas protestas, a lo largo de la historia, despertaron las pesadillas del conservadurismo más antiguo e indiferente, frente a la multiplicidad de condiciones humanas: El Mayo del ‘68, en París, donde estudiantes se tomaron las calles e hicieron de los muros, pizarrones donde escribieron mensajes tan icónicos como: “Seamos realistas. Exijamos lo imposible.”; la protesta estudiantil en la ciudad de México (cuando era el DF), el 10 de junio del ‘71, y que acabó conociéndose como La masacre del Alconazo (escenificada en la película Roma); las manifestaciones lideradas por sindicalistas salvadoreños del sector salud, en San Salvador, sucedidas en el 2002; las manifestaciones feministas en América Latina en estos últimos primeros años del siglo XXI; la Primavera Árabe ocurrida entre 2010 y 2012; los disturbios en Hong Kong en el 2019, y la lista sigue… España, Nicaragua, Argentina, Alemania.

La protesta como acontecimiento, ha sabido iluminar, también, el silencio de los sistemas políticos y más aún, la molestia de sectores de las clases medias y altas, que desde los privilegios, critican a los revoltosos que ensucian sus calles con panfletos, fuego y ruido.

Fotografía del archivo del Mayo del ‘68, utilizada para el documental “Nuestro intenso ahora” (2018) del cineasta João Moreira Salles.

Ojalá y la indignación que ocasiona la imagen de la comisaría en llamas, donde trabajaba el responsable de la muerte de Floyd, también estuviera presente cuando aquí en El Salvador, destruyeron parte de Tacuzcalco, o cuando en Las Amazonas prendieron fuego a las aldeas de indígenas, ahora des-territoriados a la fuerza.


Ojalá y de repente, nos preocupáramos más por salvar la vida y las identidades de nuestros ciudadanos del mundo, con educación y cultura, que por mantener la compostura, atesorando las paredes y los vitrales que reflejan la pulcritud de nuestras infraestructuras urbanas.


Sólo quien ha perdido a un ser amado, por las garras del odio, sabe que no hay forma de reclamar y hacerse ver, por más que se salga a las calles, o se hagan hashtags, o se convoque a quemar objetos en la vía pública. Nadie traerá de vuelta a esas personas que murieron, bajo un sistema que no entiende del derecho humano a nacer distinto, y que es protegido por los patrióticos que se quejan de la violencia social, pero avalan la brutalidad con la que responden los Estados democráticos.

Fotografía de portada: “La caída del muro de Berlín” (Noviembre de 1989. AP Archivo)