Cartas a Don Nadie (I)

Septiembre 7 del 2020. El año de la pandemia.

A les separatistas

¿Cuándo la diferencia dejará de ser el problema?

Por Ramiro Guevara

Siempre será jugosa e indiscutiblemente hermosa, como un fruto edénico que acaba de madurar, la idea de una sociedad libre de violencia; sobre todo en países latinoamericanos como los nuestros, que habitamos y nos habitan, repletos de historias sanguinolentas, curtidas por masacres, dictaduras y cientos de homicidios perpetuados a distintos grupos humanos y animales, y sobre todo, encubados por una cultura que en la vida cotidiana, enraíza odios y desconfianzas.

En los últimos años, hemos descubierto que la proliferación de comunidades, que ponen al amor como la opción más viable para aprender a ser seres humanos, está generando una sombra multicolor en la historia contemporánea; un ruido necesario que viene a desbaratar paradigmas que se intentaron desajustar desde los años 60´s, luchas heredadas de imaginarios marginales y contraculturales. Luchas silenciosas que nuestros ancestros, silenciosamente nos han enseñado.

The freaks, pudo haber dicho, con mucho cariño, el músico Arlo Guthrie en su momento.

Hablo específicamente de las comunidades que se expresan desde el género, desde las orientaciones sexuales, desde el derecho a ser y estar, específicamente, la LGBTIQ+ y los feminismos.

Pero así como la ola trae prosperidad, también, con ella se vienen de corrido algunos desechos, fósiles, y criaturas sorprendentemente acérrimas a ideales que se parecen a los paradigmas que se intenta vencer.  Quizás es una mirada muy prematura, aunque no genérica, e inmediatamente formulada a lo largo de los últimos años, sin embargo, me ha pasado que de pronto, veo que la flama y el descontento se ha perfilado como una vía explosiva y posibilitante de un rechazo (renuente) a las diferencias.  

Por mencionar un par de ejemplos: A inicios de la década de los 2000, en occidente (Europa y Estados Unidos), surgió el MGTOW, cuyas siglas traducidas quieren decir: Hombres que siguen su propio camino. Vino de un foro en internet cuya consigna básica es: Los hombres deben evitar relaciones afectivas con mujeres, porque ellas no son de fiar.

Hoy día este grupúsculo que acabó fomentando valores de las extremas derechas, se identifica como parte de la manosfera, que implica a una serie de foros web, donde confluyen agrupaciones de hombres que aspiran por una masculinidad dominante y supremacista.

El proyecto de Oregon Women’s Land, que es un espacio físico y político en el que sólo pueden habitar mujeres en el sur de Oregon, Estados Unidos, en su génesis fue una idea de avanzada. Una vanguardia total a mediados de los 70’s, que buscaba la protección de mujeres rurales con posibilidades económicas complicadas. Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo, las diferencias sexuales de las mujeres que ahí habitaban, fueron generando tensiones en el grupo, que acabó desintegrando la idea de el colectivo. Actualmente existe y funciona, pero la parte de la ruptura, es lo que lastimosamente se recuerda más por quienes se interesan por el lugar.

Mujeres miembras del proyecto Oregon Women’s Land (1970’s. Anónimo).

Entiendo perfectamente que el odio acarrea odio, pero el odio, fundamentalmente ha sido siempre el problema. 

Hay una extraña balanza que mantiene nuestro presente inmediato, en un tira y encoje, que desde esta observación no creo que nos lleve a un mejor lugar, si no revalorizamos cada uno de los caminos laberínticos que pretendemos tomar, aunque no quiero decir con esto que todo está perdido, al contrario, hay luces de esperanza y reacomodo de generaciones con nuevos pensares.

Desde una perspectiva histórica, considero y concuerdo con que el patriarcado es el gran responsable de muchos de los males que padecemos. Le agradezco a los feminismos por enseñarme que, el problema no está en un solo individuo; se  trata de un sistema hasta ahora invisible, que se ha introducido en casi todas las dinámicas sociales, económicas, políticas, y culturales. 

Fue terrible darme cuenta de que ese sistema es el que me parió a mí y a muchas de mis amistades. Por largo tiempo mamé de él tantas de las cuestiones que hoy intentamos de-construir día con día, empezando en nuestros yoes, desde luego. 

***

¡Qué maravilloso es darse cuenta de que hay otras formas de existencia!, de que el mito de la hombría era eso que no nos dejaba ser libres, porque debíamos responder a moldes y patrones de convivencia, y por tanto, así se construirían nuestras relaciones –no sólo con las mujeres– con el mundo. 

Los conceptos de hombre y heterosexual, en esta época, resultan problemáticos. La biología se impone en las células, aunque el pensamiento pueda separarse de esa biología, y permitirnos apropiarnos de la feminidad, por ejemplo, como una energía compartida que también puede habitar y dirigir nuestros actos, porque como dijo Clara Campoamor: No hay degeneración de sexos. Hemos nacido de la unión de una mujer y un hombre, y tanto él como ella están en nosotres. Son nuestras su feminidad y su masculinidad. Somos un acabado hecho por dos mitades.

En el contexto del resurgimiento de estos movimientos, generar reflexiones sobre ellos, resulta de vez en cuando peligroso: por ejemplo, por la condición de hombre se podría creer que no se puede verter opinión sobre temas concerniente al movimiento feminista.

Lo anterior se debe por declaraciones encontradas en comentarios de algunas feministas, y algunos anti-feministas, en los recovecos de Facebook. Para muchos de ellos (y por qué no ellas), es un problema la inclusividad del lenguaje –que en la aclaración que hace María Alcaraz, para la reseña de Manual de instrucciones para hablar con e, señala que no es obligatorio ni habrán sanciones para quien no lo use–, alegando que se trata de una somera moda, que la desobediencia lingüística es una pérdida de los buenos valores del español.

Para muchas de ellas (y por qué no ellos), es un problema hablar sobre trabajar con agresores, feminicidas o violadores, cuando considero de vital importancia erradicar el problema de la mano del problema mismo, y no sólo encapsulándolo como a un virus que en un laboratorio, en cualquier momento pueda romper su tubo de ensayo y salir a generar pandemia. Es decir, ¿por qué no trabajar con los problemas más que contra ellos?

Haciendo lo primero se llega a lo segundo, a la raíz, y así estudiar sus bases, sus rutas; destruyéndolos como a las bombas de tiempo: entendiendo sus mecanismos y así apagarlas del todo.  

¿Y cómo no va a significar un problema, si la cuestión del asunto, siempre ha sido la falta de oportunidades, o el exceso de ellas? Unos apoyan la necesidad de mantener el establishment, luego están quienes abogan por la muerte al pene.

Por todos lados habrá alguien que nos dirá que estamos mal por ser y estar en el espacio equivocado, y es respetable cuando se justifica: Hay que respetar los espacios. Hay que respetar los momentos (históricos). Hay que respetar a las personas que están en sus momentos y en sus espacios. Lo que no se puede tolerar, por el amor al cambio, son los discursos separatistas, los excluyentes genéricos. 

No está mal ser transgresor y radical. No está mal protestar en redes sociales y en la vía pública. Nada de eso. Al contrario. ¡Que viva la protesta y la radicalización de las ideas!, pero, ¿qué clase de ideas?, pues cuando hacemos de la otredad, ya sea étnica, sexual, lingüística, o las mayúsculas etcéteras, un enemigo público al que hay que lanzar a las hogueras, poniendo a una porción de la historia como razón o justificación, me parece que caemos en los mismos vicios del Estado, de la religión, o de los fascismos, que se ensañan en eliminar toda diferencia. 

¿Cuándo comenzaremos realmente a ser nosotres?, más allá del leguaje, más allá de la desobediencia, la usemos o no la usemos, ¿cuándo todes podremos entablar el diálogo a fin de erradicar los problemas fundamentales que siguen asfixiándonos?, ¿cuándo la diferencia dejará de ser el problema?, ¿cuándo podremos trabajar sobre esas diferencias, y constituir mejor nuestras democracias y objetivos generacionales?, ¿cuándo todes podremos sentirnos satisfechos y orgullosos de ser y estar, salir al mundo sin miedos, con nuestras vaginas, nuestros penes, nuestros sexos, nuestras almas? 

Amigues, amigas, y amigos: la comunidad está en nuestro esfuerzo por entender nuestras genealogías, nuestras condiciones cambiantes. Reconocernos en los momentos en que hemos sido víctimas y victimarios, como lo dijo alguna vez la actriz de teatro Egly Larreinaga, porque más allá de cualquier ideología, la exigencia enorme está en llegar a todes, a todas, y a todos. Llegarnos, confluirnos, amarnos, gozarnos, y reconstruirnos para la plenitud. 

A estos días les hace falta empatía. Por fortuna la sororidad ya ganó terreno significativo. También el compañerismo. Hoy nos toca buscar un poco de empatía; para las diferentes personas-personalidades (que son un safari), para cada proceso y mirada, y a lo mejor encontremos algo lindo que podamos atesorar. 

Atesorar más que una nación, más que un partido, o una bandera, más que cualquier ideologismo, y así podernos dar un chance para fundar aquella patria que Bolaño tanto defendió; la que no está en los mapas oficiales, sino en cartografías dispersas en algunas calles, algunos libros, algunas personas, algunas canciones, algunos besos, algunos momentos alumbrados por la esperanza, el sueño y la razón.

Imagen: “Siluetas” (Ana Mendieta. Serie, 1973-1980)