Fuga: La concepción de una belleza maldita

«Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo

porque aún no les enseñaron

que ya es demasiado tarde».

Alejandra Pizarnik.
Fotograma retomado de la cinta: Al centro, el protagonista de este alucinante drama, el joven músico-genio Eliseo Montalván (Interpretado por Benjamín Vicuña).

Según el concepto que ofrece la Enciclopedia Musical de la asociación Música en México
(MM), una fuga en música clásica es aquella composición en la que tres o más voces
(llámense para quienes no somos técnicos en música, melodías) hacen entradas sucesivas,
dando la sensación de que las melodías se persiguen unas a otras. Por eso el nombre,
porque la música se despliega, se dilata, se bifurca en caminos que se siguen, se adelantan
y atropellan a la vez, como en una auténtica fuga o escape.


Es a estos dos significados a los que hace referencia el título de la ópera prima del cineasta
Pablo Larraín (la cual está disponible en Netflix), autor de notables películas como No
(2012), El club (2015), Neruda (2016), Jackie (2016), Ema (2019) o su más reciente Spencer (2021).

Fuga (2006) cuenta los histriónicos y surreales episodios que unen a dos músicos de orquesta:
el chileno Eliseo Montalbán (interpretado por Benjamín Vicuña) y el argentino Ricardo
Coppa (interpretado por Gastón Pauls). Ambos son amantes de la música barroca. A su
manera son genios. Su obsesión por develar los misterios que ocultan las sinfonías de un
tiempo lejano, tan lejano como la distancia que separa a la vida de la muerte, o el cielo
del mar, nos convoca a una auténtica persecución orquestada por la tragedia.

El filme arranca cuando el joven Montalbán se propone organizar a una orquesta, para
interpretar una composición de su propia autoría que fue concebida tiempo atrás. El
perfeccionismo de Montalbán se traduce en la asfixiante presión que ejerce al resto de
músicos, especialmente a su pianista y pareja sentimental, Georgina (interpretada por
Francisca Imboden), quien la noche del concierto, en plena ejecución de la fuga de
Montalbán, sufre un inesperado accidente que la mata.


Este hecho desentierra el recuerdo de la génesis de su obra y paraliza los nervios de Eliseo,
tanto así que en las próximas secuencias lo veremos arremeter con un hacha a un grupo
de pianos de cola que se convertirán en esquirlas de madera, teclas desbaratadas y sonidos
quejumbrosos que antes pretendían ser notas musicales.


Tras el hecho, Montalbán será enviado a un instituto mental. Ahí le someterán a terapias
de electroshock, aislamiento forzado y violencia simbólica, recordándonos las viejas
maneras heredadas de los gobiernos autoritarios, para controlar a aquellos que
aparentemente son más peligrosos que los propios autócratas (Un guiño de la memoria de
Larraín, a propósito de los años de Pinochet). En este sanatorio Eliseo conocerá al
enigmático Claudio Leal (interpretado por Alfredo Castro), un paciente afeminado –él
mismo se concibe así- que ha planificando su huida de la institución, según él, desde antes
de la llegada de Eliseo. Claudio, más que un personaje es un símbolo arquetípico. Es el
número cero en la carta del tarot: El loco, el que lo sabe todo y nada, el que trae consigo
el caos que sedimenta el orden, el rey de la contradicción, el que lee en los ojos de la
muerte el porvenir de la eternidad, el que mira fijo al sol sin miedo a quedarse ciego.
Los años pasan y la cinta se entrecruza con la historia del otro compositor, Ricardo Coppa,
un hombre obsesionado con pasar a la posteridad como el arqueólogo musical que rescató
del olvido una composición perdida e inacabada, la extrañísima Rapsodia Macabra,
desperdigada entre papeles rotos guardados en los agujeros de un viejo apartamento y
también escritas en pentagramas desteñidos en la superficie de las paredes de lo que
alguna vez fue un hospital psiquiátrico.

Fotograma retomado de la cinta: A la izquierda, el paciente psiquiátrico Claudio Leal (interpretado por Alfredo Castro) y a la derecha el joven Montalván.


Coppa, con ayuda de sus amigos músicos (interpretados por Paulina Urrutia, Alejandro
Trejo
y Marcial Tagle), emprenderá una búsqueda para no sólo reconstruir la pieza, sino
también para encontrar a su creador, el mítico compositor Eliseo Montalbán, quien
presuntamente enloqueció tras el proceso de composición de aquella pieza inacabada,
maldita y misteriosa.

* * *

Según lo constata una nota del 2012 publicada en la revista La Tercera, Fuga no obtuvo
críticas positivas en su momento (al menos desde las audiencias latinoamericanas). Se le
recriminó el exceso de fantasía y las muchas referencias a otras cintas como The shining
(1980) de Stanley Kubrick. Y a pesar, se llevó el premio a Mejor Ópera prima en el
Festival Internacional de Cine de Cartagena en 2007 y obtuvo dos reconocimientos en el
Festival de Málaga. Gustó mucho en Europa y Estados Unidos, de hecho, HBO compró
los derechos de distribución y se supone que impulsó la creación de la serie Prófugos
(2011-2013), producida también por Larraín, lo que indica que algunas joyas no
encuentran su brillo sino hasta que el tiempo las lustra y las resignifica, porque a veces
las audiencias también cambian y eso implica que la mirada coloca su interés en regiones
que el pasado, invadido por penalidades morales y académicas, no alcanza a explorar.
Para quien no tenga ninguna referencia de Larraín, debe saber que esta cinta no es más
que un manifiesto de las preocupaciones del cineasta, las cuales posteriormente serán
desarrolladas en su filmografía con mayor detalle (el horror que producen las dictaduras,
el lugar que ocupa la locura en nuestra sociedad, las diversas apariciones de la crueldad,
etc.). Con música de Juan Cristóbal Meza y fotografía de Miguel Littín Menz, Fuga se
perfila como el primer movimiento de una maquinaria de engranajes lo suficientemente
aceitados como para parir muchas otras máquinas de enorme calidad.


Como diría la poeta uruguaya Cristina Peri Rossi, Larraín también supo huir de todas las
dictaduras, incluso de las estéticas.

Póster oficial de la película.

Deja un comentario