
En México, a orillas del río Bravo, en el Estado de Chihuahua, se encuentra una ciudad industrial con aproximadamente 1, 501, 551 habitantes, según el Censo de Población y Vivienda del año 2020. Con esa cifra, Ciudad Juárez ocupa el sexto lugar en la lista de ciudades más pobladas en México. También es uno de los sitios más violentos en todo el mundo. Sólo en el año 2020, según una investigación realizada por la periodista Blanca Elizabeth Carmona, se cometieron mil 637 crímenes que la Fiscalía General del Estado (FGE) confirmó.
No es novedad que Ciudad Juárez sea, en palabras que el escritor Roberto Bolaño presta del poeta Baudelaire «Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento«. Durante la década de los 90´s, este lugar llamó la atención de la prensa internacional, debido a que una ola de feminicidios arrazó la tranquilidad de sus pueblerinos. Seicientas mujeres brutalmente asesinadas y tres mil desaparecidas se cuentan hasta el día de hoy. Jóvenes maquiladoras en su gran mayoría. De igual forma, se sabe que el Cártel de Sinaloa y el Cártel de Juárez operan en la zona, teniendo bajo su responsabilidad, la mayor cantidad de crímenes cometidos a habitantes y migrantes centroamericanos que transitan la ciudad durante lo que va del siglo XXI.
Lo que no se sabe (o se habla muy poco), ya sea por las escazas coberturas periodísticas o la falta de atención intstitucional, es que a unos kilómetros de la ciudad, en medio del arenoso Valle de Juárez, se levantan silenciosos los restos de un pequeño poblado cuyo abandono es la expresión de toda una historia de violencia, que no se cuenta porque ya hay muy pocos que aún conservan las fuerzas para hacerlo o porque casi todos han tenido que huir. Ese pueblito se llama Guadalupe y queda a escazos metros de la frontera estadounidense que divide Texas y Chihuahua.
La documentalista Marcela Arteaga decidió colocar su mirada sobre aquellas estructuras fantasmagóricas que conforman Guadalupe en el documental El guardían de la memoria (2019), ganador del premio Ariel a Mejor Documental y con presencia en diversos festivales internacionales como en el Festival de Cine de Morelia, el Hot Docs de Toronto, el Festival Margaret Mead en Nueva York y el Festival de Cine Latino en Mineapolis.
El centro de gravitación de este documental, se encuentra en los relatos que cuentan algunos pobladores que tuvieron que abandonar sus hogares, ya que desde marzo del año 2008, cuando el gobierno del expresidente Felipe Calderón dio luz verde para el Operativo Conjunto Chihuahua, en el que se desplegaron alrededor de 11.840 elementos de seguridad para combatir a los cárteles que operan en la zona, dio oportunidad a que se diera una sanguinolenta carnicería en donde los habitantes de Guadalupe se vieron involucrados.
La mal llamada Guerra contra el narcotráfico, fue una de las razones que generaron el éxodo interno más grande que ha tenido México. Entre la llegada de elementos del ejército y las riñas ocasionadas por los cárteles, se forjó una cultura de violencia, saqueo y corrupción que no dio paso a posibilidades distintas de desarrollo. Poco a poco los habitantes de Guadalupe tuvieron que abandonar sus hogares y migrar rumbo al exhilio, ya que paulatinamente los integrantes de las familias fueron desapareciendo o apareciendo muertos a orillas de las carreteras, en medio de los parajes desérticos o a las afueras de las casas.
Durante ese período, dramáticamente fueron desapareciendo los policías locales, hasta que para el día de hoy prácticamente la policía de Guadalupe no existe, como más de la mitad de sus habitantes. Uno de los personajes que unifican los casos relatados es el abogado de migración Carlos Spector, quien afirma que en este tema el Estado mexicano no sólo ha sido perpetrador de crímenes, sino también encubridor de diversos casos que se quedan archivados, como estos pertenecientes a familias enteras que, desprotegidas de todo amparo, no tienen opción más que la huida.
La fotografía potente de este documental, a cargo de Carlos Pedraza, nos revela postales de un pueblo fantasma en el que las pertenencias de quienes antes habitaron esos espacios, aún quedan intactos en la misma posición en que los dejaron. Los objetos; espejos, paredes forradas por retratos, juguetes, sillas, lámparas, ropa tendida ondeando por el viento, zapatos, relojes y más, cobran un protagonismo contradictorio: por un lado son imágenes bellas y naturalistas, pero por otro son estampas cuyo vacío y silencio revisten de tristeza e indignación unas ruinas que no deberían serlo. Habitaciones cotidianas reducidas a espacios desposeídos, atrapados en un limbo donde parece que el tiempo no pasa.
Son esos objetos, esas salas vacías las guardianas de la memoria. Entre ellas se revelan las historias de quienes les dieron utilidad y vida prodcutiva. Son esas casas corroídas por el moho, el polvo del desierto y los años, los que guardan en sus superficies los ecos de un tiempo injustamente violento.
Al fin de cuentas este es un retrato atemporal que describe no sólo la impunidad que muchos países viven, sino también las hondas y profundas razones que llevan a que toda una ciudad se vacíe no sólo de personas, sino también de esperanzas y futuros, de razones aparentes para seguir fundando un hogar, un habitáculo, un sitio para pertenecer y vivr con decencia. Pero está claro que a pesar de ellos, los lugares viajan con quienes en algún momento pertenecieron a ellos. Y en esa herencia también se llevan las fracturas, las cicatrices, los caminos trazados y tatuados para que la memoria sea, en algún momento, una patria justa y merecedora de un sólo himno. Aquel que recuerde que los errores humanos están para aprenderse y nunca volverse a cometer.


