Holy Motors: Por amor a la ficción

Póster oficial de la película dirigida por Leos Carax.

Diane Arbus (1923-1971) fue una fotógrafa estadounidense, reconocida en la actualidad por sus retratos irreverentes. Ganó relevancia en el mundo de la fotografía, a mediados del siglo XX, por su lúcida y melancólica mirada, ubicada la mayor parte de veces, en los rostros y cuerpos de aquellos considerados fenómenos, gente marginal o excluida de los parámetros anglosajones de belleza.

Arbus se suicidó un 26 de julio en Nueva York. Su vida, según biógrafos, estuvo plagada de conflictos emocionales que creaban inestabilidad mental en su cotidianidad. Es una lástima que gente tan brillante, deba acabar de formas trágicas. Su amor por lo extraño, lo olvidado, lo que casi siempre es ignorado, fundó un importante legado de fotógrafos y cronistas que decidieron poner la mirada en eso que se quiere ocultar.

No en balde Leos Carax, el autor de la cinta Holy Motors (2012), alcanza a filtrar (e invocar) el nombre de Diane en el que sería su quinto largometraje. La mención de esta pionera ocurre en una escena explosiva, o mejor dicho, antes de que todo estalle. En el momento justo en el que un monstruo llama la atención de un fotógrafo de revista, antes de que alguien, literalmente, pierda los dedos.

Holy Motors recibió los premios a mejor dirección y mejor película en el marco del Festival Internacional de Cine de Sitges, el cual es reconocido por priorizar a las producciones con temática fantástica. También ganó el Premio del Jurado Joven en Cannes ese mismo año.

Decir que esta cinta es fantástica es quedarse a medio camino, porque las posibilidades que plantea, tan infinitas, fluctuantes e incluso inconexas, alcanzan a trascender las fronteras de lo maravilloso, para convertirse en una película que reflexiona sobre las narraciones y sus caminos bifurcados.

El arte de narrar, de actuar, de recrear. Un recordatorio sublime de la literatura que se transforma desde sus propios protagonistas, como es el caso de la novela V., de Thomas Pynchon, en el que el personaje V es y puede ser muchas cosas: un animal, una mujer, una calle, una ciudad entera.

El mundo intrínseco de las otredades que habita en una sola persona, eso es esta propuesta de Carax, en la que se narra la rutina de un hombre cuyo trabajo se irá develando a lo largo de sus mutaciones.

La película arranca con un enigmático prólogo, en el que Leos -el propio director -hace un cameo: lo vemos a él despertando en una habitación, cuyas paredes serán posteriormente exploradas por sus manos. Ahí encuentra una ranura. La ranura luego descubre una puerta y la puerta dirige hacia una sala oscura: es un cine. Ahí se pasea un perro negro y un pequeño. Sus miradas parecen detenerse en el espectador (Nosotros).

Pronto este prólogo, que tomará significado más adelante, da paso al corazón del relato: El señor Oscar (interpretado por Denis Lavant) cada mañana sube a una limusina blanca que es conducida por la chofer Céline (interpretada por Édith Scob), quien le informa a Oscar que ese día debe cumplir con 9 citas.

Estas citas implican que Oscar asuma diferentes identidades y encarne a personajes concretos, que al parecer, tienen roles definidos en la vida pública de París. Oscar será una anciana mendiga, un actor de captura de movimientos (para una porno de dragones), un ser monstruoso habitante de las alcantarillas que come flores de cementerios (y que secuestrará a la bella modelo Key M., interpretada por Eva Méndez), un padre de familia pasivo-agresivo, etc.

En esta rutina, Oscar tendrá que cometer algunos actos considerados anti éticos. Es después de uno de estos hechos, cuando otro hombre (interpretado por Michel Piccoli) ingresa a la limusina -donde Oscar se transforma en las otras identidades con maquillaje y vestuario- y le comenta que lo nota agotado, que si disfruta de su trabajo (al parecer, este hombre, es el dueño de estos servicios).

Oscar responde que todo lo que hace, lo hace por amor a la actuación. Es con esta frase con la que Carax devela que esta cinta, que pareciera contener muchas micro-películas, es de hecho una oda a la actuación, a la magia que brinda el cine, pero también a la sorprendente realidad que habita nuestras ciudades: espacios construidos no sólo de edificios, sino también con tramas y ficciones individuales. Cada quien tiene un papel en el gran teatro del mundo, como diría Calderón de la Barca.

En algún momento Oscar se cruza con una mujer, Jean (interpretada por Kylie Minogue), quien al parecer ha sido una persona íntima en alguna vida pasada. Jean tiene el mismo trabajo que Oscar. Pronto se convertirá en Eva, una azafata que vivirá su última noche en este mundo. En esa última noche, que también es la de Jean, la película se intercepta con el musical teatral, en donde Oscar y Jean se hacen las preguntas cruciales: ¿Quiénes fuimos?, ¿Quiénes somos?, ¿Quiénes seremos?

La estrafalaria puesta en escena de Holy Motors asombra no sólo por lo irónico y surreal de lo que acontece, sino también por la profunda reflexión que hace sobre nuestros roles y máscaras; sobre los personajes que interpretamos en nuestras vidas y lo difícil -y a veces horroroso -de saber que nunca conoceremos del todo a una persona, que siempre, a pesar de la intimidad, siempre será la punta del iceberg, porque lo que hay adentro de cada quien es muy de cada quien. Y lo que dejamos ver a los otros, es tan subjetivo como la paradoja del test de Rorschach: Esa mancha puede ser un elefante, o una hoja, o una pelota con serpiente, o sólo eso: una mancha con nostalgia por la forma.

Póster alternativo de la película.

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