
Desde hace algunos años, el cine de Hollywood ha retomado los conflictos raciales en la sociedad estadounidense, como una premisa para construir fábulas en torno a la inclusión o el rechazo de valores conservadores. Es el caso de películas que han abordado el tema desde ángulos y contextos distintos, como por ejemplo, The color purple (1985) de Steven Spilberg, The help (2011) de Tate Taylor, Django unchained (2012) de Quentin Tarantino, 12 Years a slave (2013) de Steve McQueen, o Green book (2018) de Peter Farrelly, por mencionar algunas.

BlacKkKlansman (2018) del director Spike Lee no es la excepción. Basada en la novela autobiográfica Black Klansman (2014) de Ron Stallworth y estrenada el 12 de abril de 2018 en el Festival Internacional de Cine de Cannes, narra una de las hazañas más controvertidas sucedidas al interior de la policía de Colorado Springs durante el año de 1972.
A muy grandes rasgos, la trama sigue a Ron (interpretado por John David Washington), quien es el primer policía afroamericano en formar parte del Departamento de seguridad, el cual se verá enfrentado al racismo sistemático de algunos de sus colegas mientras hace su trabajo en la sala de grabaciones.
Luego de pedir un traslado como policía en cubierta, se le asigna la misión de infiltrarse a un discurso dado por el activista en pro de los derechos civiles afros, Kwame Ture (interpretado por Cory Hawkins), el orador reaccionario que incitaba a la comunidad negra a tomar las armas para la liberación. En este mitin Ron conoce a Patrice Dumas (interpretada por Laura Harrier), presidenta de la Unión de Estudiantes Negros en Colorado College, quien le hace despertar al policía en cubierto, no sólo una atracción romántica por ella, sino también un sentido crítico acerca de su labor como ejecutor de la ley de los blancos.
A partir de aquí los caminos se bifurcan, mostrando un otro lado de la moneda: Ron es reasignado a la división de inteligencia. Mientras está en el puesto, alcanza a leer en un periódico el número telefónico de una división local del Ku Klux Klan (KKK), Ron decide llamar y hacerse pasar por un blanco interesado en formar parte de los supremacistas.
Walter Breachway (interpretado por Ryan Eggold), el presidente de la división de Colorado Springs del KKK, lo recibe al teléfono y le comenta que para formar parte debe primero visitar el clan. Es así como Ron convence a su colega, el policía judío Flip Zimmerman (interpretado por Adam Driver), de hacerse pasar por el cuerpo de la voz que Ron ha fingido. De este modo inicia una misión secreta, entrometiéndose en las entrañas blancas y cristianas del Klan, para develar los planes racistas del grupo y evitar una futura catástrofe.

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Quienes ya vieron la reciente y oscarizada Judas and the Black Messiah (2021) del director Shaka King, recordarán una frase muy provocadora dicha en repetidas ocasiones por un personaje blanco que también es policía (del FBI). Decía más o menos así: No hay muchas diferencias entre el Klan y el Black Panther Party, pues ambos incitan al odio. Unos son blancos y otros negros.
El movimiento civil Partido de las Panteras Negras, fundado en 1966 por los afroamericanos Bobby Seale y Huey P. Newton, apuntó en su momento a convertirse en una fuerza paramilitar o de corte guerrillero. Desde luego, en el contexto de las luchas raciales del siglo XX, esta iniciativa estaba más que justificada y alimentada por los otros movimientos de izquierda que hicieron ruido en aquellas épocas: El legado de la revolución Cubana, por ejemplo, introdujo el socialismo y la lucha armada en el modus operandi de la gran parte de movimientos civiles y sociales.
Pero muy por encima de todo esto, inteligentemente, Spike Lee también busca cuestionar en BlacKkKlansman estas vías y parábolas existentes en las estructuras políticas, porque el centro de su discusión no es solamente el racismo, es de hecho el odio en general, un sentimiento que puede nacer en casi cualquier lugar en donde se le alimente y permita crecer. El odio de los blancos hacia los negros engendra odio negro hacia los blancos, y así el espiral crece y se vuelve infinito, y da como resultado estallidos de violencia, guerras, conflictos armados, muros y legislaciones que aprueban expresiones denigrantes.
El mensaje es claro: El odio, como la paradoja más extraña de la historia, no tiene distinción de etnias, colores o idiomas. Éste entra por cualquier puerta que le de la bienvenida y es ahí donde bebemos colocar los cerrojos.
