Searching for Sugar Man: Balada psicodélica para un mundo que olvida

Póster promocional del documental Searching for Sugar Man, dirigido por Malik Bendjelloul de 2012.

El mundo de la música cuenta con numerosas anécdotas y misterios, que desde que se saben causan interés, polémica y largas horas de conversación o debate. Entre los temas relacionados, de los que es muy difícil dejar de hablar, es de los músicos o bandas perdidas, esas que no alcanzaron a quedarse en la memoria colectiva, a pesar de su genio y carácter artístico y ahora suelen ser un referente citado en la oscura esquina de un bar.

Sobre esta base se coloca el documental Searching for Sugar Man (2012), dirigido por el documentalista sueco, Malik Bendjelloul, el cual fue su última cinta antes de su lastimoso e inesperado suicidio un año después, en el 2014, luego de una vida luchando contra la depresión.

A propósito de esta trágica situación, este documental podría verse como la larga carta de amor y lucha que su director legó antes de marcharse. Una carta dirigida al olvido. Una carta que habla del excepcional músico Sixto Rodríguez, desaparecido de la escena, cuyo éxito no supo hasta casi 40 años después. Una carta motivada por una búsqueda personal de algo que es mucho más valioso que la fama.

Searching for Sugar Man, cuyo título retoma el nombre de la canción más popular de Rodríguez, se hizo merecedor de numerosos reconocimientos, entre ellos el Oscar a Mejor Película Documental, el BAFTA o el Critics’ Choice Movie Awards.

Malik Benjelloul fue el director de Searching for Sugar Man. Su trágico suicidio (a raíz de su intensa y personal lucha contra la depresión) ocurrió un año después de haber ganado el Oscar con este documental.

La cinta cuenta la búsqueda de dos amigos sudafricanos, que empezó en la década de los 90’s, Craig Bartholomew-Strydom y Stephn Segerman, por el paradero del músico Sixto Rodríguez, un hombre de origen mexicano, habitante de Detroit, de clase obrera, quien durante la década de los años 70’s publicó dos discos bajo el sello discográfico de Sussex Records: Cold Facts (1970) y Coming from reality (1971).

Los dos EP de Rodríguez son una mezcla de folk y rock psicodélico muy propio de la época de las contraculturas, cuyo contenido gira en torno a la soledad, el amor, los sueños e incluso la renovación social.

En el documental se afirma que, a pesar de la originalidad y sensibilidad que propone la música de Rodríguez, en Estados Unidos fue prácticamente un fracaso comercial. Las pocas ventas de los álbumes, obligaron a Sixto a desaparecer del radar y a retomar su vida de obrero.

Mientras él vivía su anónima cotidianidad, apartado de los escenarios y la prensa musical, en la Sudáfrica del apartheid, sus canciones sonaban como un himno de libertad y revolución entre las juventudes oprimidas y obligadas a la segregación racial. Para ellos, él era su Bob Dylan. Y Sixto no lo sabía.

De esta forma el documental habla sobre los fracasos, mitos e impactos culturales logrados por ese músico anónimo, de quien se creía había muerto por un tiro en la cabeza, dado por él mismo, mientras recitaba un concierto.

Bendjelloul supo de la existencia del cantante cinco años antes de iniciar el proyecto documental, mientras conversaba con el dueño de una tienda de discos en Ciudad del Cabo. La desoladora e inquietante sombra que revestía la música del intérprete, al lado de su anonimato en la época hippie, obsesionaron a Malik. De cierta forma, la historia de Sixto le devolvió las ganas de hablar de sí mismo, de la resurrección metafórica y el valor artístico de una obra por encima de los entuertos económicos que puedan existir.

Este documental, visto desde sus singularidades; las tragedias y brillos del artista, la del propio documentalista y el relato intrínseco de una generación salvada por la música, nos habla de la presencia de un proceso vital e íntimo que se funde con el trabajo cinematográfico.

Si hubiéramos sabido escuchar a Malik a través de la fantasmagórica voz de Sixto, tal vez él seguiría vivo. A lo mejor estaría documentando más relatos fascinantes como este. La única certeza, más allá de todo, es que el legado de Rodriguez es tan enorme como el de Benjelloul, (a pesar de que no publicaron mucho) y es que este legado es un recordatorio sustancial: La memoria de los años perdidos es aquello por lo que la humanidad deberá luchar, porque en ella se encuentra la esperanza. La justificación de un futuro, de un mundo cada vez más justo y humano. Sin segregación racial, sin sufrimientos innecesarios, sin persecución a la gente que migra. En fin, como dice la artista zapatista Beatriz Aurora: Un mundo donde quepan todos los mundo.

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