
En 1969 el grupo de rock británico The who, lanza su cuarto álbum de estudio: Tommy. Un trabajo conceptual en clave de ópera rockera, que narra la historia de un chico que tras un incidente queda ciego, sordo y mudo, y el desarrollo personal del chico hasta convertirse en un mesías y su posterior de-construcción.
Este álbum -y la historia que plantea- fue el punto de partida para que el director británico, Ken Russell, adaptara la creación de la banda y convocara a sus integrantes, Roger Daltrey, John Entwistle, Keith Moon y Pete Townshend, a formaran parte del proyecto.
Tommy se presentó en el festival internacional de cine de Cannes de 1975, pero fuera de la competencia. También obtuvo dos nominaciones a los premios Oscar ese mismo año: en la categoría de Mejor actriz -Ann Margret- y Mejor banda sonora -para Pete Townshend.
Las oníricas letras que acompañan a las melodías lisérgicas del álbum, se convierten en líneas de un guion, que podríamos decir, es un prototipo enorme (y mucho más elaborado) de lo que hoy conocemos como Video musical.
A la película se sumaron personalidades de la época, como la actriz Ann-Margret y los actores Oliver Reed o Jack Nicholson. También músicos de la talla de Eric Clapton, Tina Turner, Elton John y Arthur Brown.
El film es bastante fiel al álbum. Se apega a su discurso pero esto no significa que deje de tener su propia autenticidad. La historia se detalla de una forma mucho más apabullante y surrealista, generando una crítica continua a diversas facetas y estructuras de la sociedad: la familia, la sexualidad, la religión, el mundo glamoroso de la fama, etc.
Todo comienza cuando el padre de Tommy, tras su reclutamiento para luchar en la Segunda Guerra Mundial, desaparece sin dejar rastro. Ante la pérdida, la madre de Tommy decide reiniciar su vida junto a otro hombre, hasta que una noche, el padre biológico del chico reaparece y en un desafortunado y accidentado encuentro entre él y la nueva pareja sentimental de su esposa, acaba siendo asesinado.
Todo esto es presenciado por el pequeño Tommy. Tanto su madre como su padrastro, le obligan a nunca decir nada a nadie, lo que causa su repentina pérdida de los sentidos: oído, vista y habla.
A medida que Tommy crece, se le inculca que debe obedecer a las instituciones religiosas y educadoras, como la congregación que adora a la diosa Marilyn Monroe, o el burdel de la Acid Queen, en donde los jóvenes pierden su virginidad en máquinas que inyectan placer. Pero más tarde, Tommy descubre que tiene una especial habilidad jugando Pinball, lo que ocasiona el milagro que lo convertirá en una suerte de mesías. Idea alimentada por la culpa de su madre y padrastro, los cuales incluso fundarán un templo para su hijo y sus fieles seguidores.
Como lo plantea Nietzsche en su libro de aforismos, El ocaso de los ídolos (1889), la transmutación de valores tradiciones es crucial para la ampliación del conocimiento y el pensamiento. Es decir, que es necesario reconocer lo falso en lo brillante, o lo confuso en lo normativo. Así es la mirada que lanza Russel con esta película musical, una que no tiene reparo en llamar culpables a los padres por las generaciones turbulentas que han parido. Una que no se autocensura al momento de proclamar la necesidad de destruir formas de idolatría por medio de “ídolos-rockstar”, que en su momento también cargaron con la presión mediática de ser la encarnación de una época de cambios culturales.




