The devil & Father Amorth: ¿Cómo documentar un exorcismo?

Póster oficial del documental “The devil & Father Amorth” (2017), del director William Friedkin.

Cabezas giratorias, voces animales saliendo de la boca de una niña de 12 años, habitaciones sacudiéndose por la fuerza de espíritus infernales.

¿Quién que haya visto The exorcist(1973), del director William Friedkin, por más escéptico que sea, no se estremeció de espanto al asimilar -por la forma en cómo lo expone la película- la idea de una posesión demoníaca?

El director estadounidense basó su película en la novela del fallecido escritor William Peter Blatty (1928-2017), con quien mantuvo una relación conflictiva debido a que, Blatty proponía una historia teológica, en la que se evidenciara la omnipotencia de Dios justificada a través de la existencia del diablo. Friedkin, en cambio, decidió hacer una película de horror, con énfasis en la monstruosidad satánica, desesperanzada y sin aparentes tratados teológicos. Es más, en la película, quienes representan al bien acaban sus intervenciones de formas trágicas.

45 años después de haberse estrenado The exorcist, Friedkin vuelve al terreno de las posesiones diabólicas, pero esta vez bajo una mirada mucho más intimista, escéptica y de pronto luminosa, como la historia que motivó a Blatty a escribir su novela. Una en la que el bien (o la fe) triunfan sobre el mal.

En numerosas entrevistas, Blatty cuenta que el punto de partida para escribir The exorcist, fue una historia que supo durante 1950, mientras era estudiante en la Universidad jesuita de Georgetown.

Una nota periodística publicada el 20 de agosto de 1949 en The Washington Post, hablaba sobre el caso de un chico de 14 años, con síntomas de desequilibrio mental, que vivía en los suburbios de Washington y que había sido atendido por un cura jesuita (El padre William Bowdern, cuyas labores efectuaba en la universidad donde estudió Blatty) debido a que el joven había empezado a suscitar actitudes violentas y sobrenaturales, como hablar en idiomas desconocidos.

Sin embargo, Blatty no fue el primero en encontrar la historia de forma particularmente íntegra. Quien lo hizo, tal como lo constata el periódico El País, fue el historiador Thomas Allen, ya que tuvo acceso -a través de un sacerdote que fue testigo del exorcismo, el padre Walter Halloran- al diario que escribió Bowdern junto al padre Raymond Bishop, en donde se narraba el suceso.

Este caso no sólo atrajo la mirada de periódicos tradicionales, sino también un debate científico y clínico, que criticaba fuertemente las prácticas de la iglesia en torno a una situación, que a lo mejor, podría ser tratada desde la psiquiatría o neurología.

La idea de Blatty frente a esta narración, más allá de lo que es real o no, era reconocer la eterna lucha del bien contra el mal. Una lucha registrada por todas las culturas tanto actuales como milenarias, ya sea a través de mitos orales que se transmitían de generación en generación, o libros y películas de ficción que libran esta batalla antagónica dentro de su argumento.

Este sentido filosófico se retoma y cuestiona, como un singular homenaje a Blatty y a la gente que se inclina por el subjetivo camino del bien, en el documental que hace Friedkin, The devil & Father Amorth (2018) -disponible en Netflix-, en cuyo desarrollo su director expone las discrepancias que existieron entre él y Blatty y sus visiones en The exorcist, pero a su vez, relata la real, escalofriante y sorprendente lucha que libra el sacerdote Gabriel Amorth (cuya personalidad recuerda ligeramente al padre Lucas, personaje interpretado por Anthony Hopkins en la película The rite, de 2011, dirigida por Mikael Håfstöm) contra el diablo.

Fotograma retomado de Netflix: William Friedkin (izquierda) logró entablar una entrañable amistad con el padre Gabriel Amorth (derecha), tras el proceso de grabación de este documental.

Gabriel Amorth fue un octogenario que trabajó para la diócesis de Roma, célebre por divulgar información relacionada a las posesiones malignas, y estudioso de prácticas esotéricas que acompañaron a regímenes totalitarios como el nazismo.

La película se centra en el último exorcismo de Amorth, antes de su fallecimiento en el año 2016. Friedkin contacta al cura con la intención de entrevistarlo y justamente se entera de que está involucrado en un proceso de exorcismo para una mujer italiana entrada en los 40 años.

William le solicita a Amorth la posibilidad de documentar una de las sesiones del que sería el noveno caso de exorcismo. Él accede con una sola condición: Sin crew o equipo de producción. Sólo Friedkin y una pequeña cámara de mano.

El espectador será testigo de los metrajes que Friedkin alcanza a captar en aquella inquietante sesión. Un detalle imprescindible y que moldea el espíritu crítico de esta cinta, es que su director pone a expertos en neurología, psiquiatría y religiosos teólogos, a analizar el video del exorcismo del padre Amorth.

Las opiniones son encontradas y disidentes unas de otras. El enigma parece no tener resolución. La única certeza es que el padre Gabriel Amorth y su polémico paso por este mundo, coloca serias preguntas sobre cómo metafísicamente, hay fuerzas tanto destructivas como creadoras, y cómo nosotros como sociedad, participamos de esa balanza con una responsabilidad inherente.

Es en este retrato, en el que Friedkin busca reconciliarse con los monstruos de su propio cine y los ajenos. Esos que están acechando los confines de la imaginación, de la ciencia y la historia universal. Esos que se combaten a fuerza de amor, resistencia y fe.

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