La pianiste: Seres perversos

Fotograma retomado de la película La pianiste (2001), del director Michael Haneke.

Voyerista, persona que en secreto gusta observar a otras, realizando actos íntimos -sexuales y no sexuales – pero principalmente situaciones pervertidas o consideradas inmorales. Esa es la -compleja- posición en la que el director austriaco Michel Haneke (uno de los exponentes fundamentales del cine Europeo, ganador del Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera, en el año 2012 con la también controvertida Amour), suele ubicar la mirada en su cine, plagado de historias orquestadas por personajes que se ocultan para no exponer sus acciones o deseos perversos.

Haneke nos coloca en los ojos del voyerista, de aquel que observa lo prohibido desde la cerradura de la puerta, a través de la rendija de la persiana, o desde una ventana lejana que nos permite entrar en la claustrofóbica privacidad de sus personajes.

Ganadora de múltiples galardones internacionales, en los que figuran el Premio del Jurado, de Mejor Actor y Actriz en Cannes, La pianiste (2001) o The piano teacher, según la traducción para la comunidad de habla inglesa, es una auténtica tragedia moderna, que explora vertiginosamente los deseos, caprichos y turbulentos matices de la condición humana.

El relato cuenta el nacimiento y evolución de la relación sadomazoquista entre una (en apariencia misántropa) profesora de piano, Erika Kouth-interpretada por Isabelle Huppert (a quien de hecho, la crítica y académica Susan Sontag admiraba)-, quien da clases en un conservatorio en Viena y uno de los que se convierte en su joven y talentoso estudiante, Walter Klemmer -interpretado por Benoît Magimel-. Paralelamente se nos mostrará la vida privada de Erika, quien vive con su madre -interpretada por Annie Girardot-, una mujer mayor, posesiva, que la tiene sometida a su voluntad emocional.

Fotograma retomado de la película: Isabelle Huppert y Benoît Magimel, interpretan a la profesora Erika y al talentoso alumno Walter. Ambos ofrecen en esta cinta, interpretaciones que muy difícil podrán olvidarse y volverse a repetir.

Las referencias musicales que se encuentran en la película, como la música y conversaciones que hacen evocar el espíritu del compositor Franz Shubert, destilan guiños sobre la tormentosa y conflictiva vida de Erika. Una en la que la soledad, la egolatría y la represión sexual, engendrarán monstruosas escenas de amor y delirio.

La pianiste se inspira en la novela del mismo nombre de Elfriede Jelinek, la cual ganó el Premio Novel de Literatura en el año 2004. Un elemento de preocupación usualmente literaria, que está presente también en el film, es el tema de lo doble: es decir, la serenidad que luego se transforma en salvajismo; la personalidad disfuncional que se bifurca en dos caminos; el amor que pronto se convierte en odio y asco.

Es interesante, a propósito de la dualidad, revisar cómo la vida pasada de Erika, podría verse reflejada en una de sus alumnas, aquella chica de nombre Anna -interpretada por Anna Sigalevitch-a quien recordaremos como una promesa musical destrozada anímicamente, sufriendo la presión desmesurada de su madre y que más temprano que tarde, acaba convirtiéndose en víctima de los deseos reprimidos y sueños rotos que guarda su profesora.

En una entrevista realizada a Haneke en el año 2009 por el periódico El país, él definió su trabajo cinematográfico afirmando que:

“Siempre enfoco mi cine en la violencia, porque en la sociedad moderna en que vivimos es imposible evitarlo. Me gustaría que me consideraran un especialista en la representación de la violencia en los medios. Además, nuestra cultura está marcada por el judaísmo y el cristianismo, y eso hace que llevemos en las entrañas el sentimiento de culpabilidad. No soy un adicto a la culpabilidad, pero la idea de filmarla me ha obsesionado”.

Con esta película, una vez más, Haneke se atreve a revolver el claroscuro espectro psicológico del ser humano y cómo éste puede generar avalanchas que se vienen cuesta abajo, aplastando con su belleza blanca y nevada, al mundo sereno pero profunda e históricamente perturbado por la locura, esa que no está precisamente encerrada en las instituciones mentales, sino en las calles, el ruido estridente de las ciudades, los espacios cotidianos, aquellos que fácilmente, con tan sólo un elemento de ruptura, pueden volverse totalmente desconocidos.

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