
La complejidad de las relaciones humanas establece grados de cercanía y consanguineidad. En ese entremedio existen las amistades; las personas extranjeras al núcleo familiar consanguíneo, con quienes decidimos compartir experiencias, placeres, secretos y desde luego, tiempo.
Esta definición se queda corta con el significado de la amistad, sin embargo, no cabe duda de que en ocasiones, el ser amigo o amiga de alguien, implica involucrarse, sentimentalmente hablando, en una relación muy intensa. Los amigos han representado en la memoria colectiva, uno de los tesoros sociales más preciados de nuestra especie. La poesía y la literatura en general, han ensalzado a la amistad, como un valor sagrado y radical. Podríamos decir, comprometido con un proyecto humano devenido por quienes deciden convertirse en amig@s.
Los directores Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, estrenaron el 11 de julio de 2019 en el Festival Internacional de Cine de Berlín, una película que tiene al romántico y complejo valor de la amistad, como corazón del relato. Un relato pintoresco, sensual, tragicómico, sobrenatural y de cierta forma arqueológico.
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Jean-Louis Jorge fue un director de cine, abiertamente homosexual, oriundo de República Dominicana. Nació en 1947 en Santiago de los Caballeros. Su carrera como productor, guionista y director, cuenta con varios cortometrajes (perdidos), tres largometrajes- como La serpiente de la luna de los piratas (1973) o Cuando un amor se va (1998)- y una obra de teatro (Maggie).
El paso por el mundo de las artes que tuvo Jean-Louis Jorge, no fue muy conocido durante sus años de producción. Actualmente es recordado porque su cine evidenciaba un genuino interés por el surrealismo, la extravagancia de la vida nocturna, el erotismo y los personajes marginales.
En el año 2000, fue asesinado en su residencia bajo circunstancia que hasta hoy día, no están claras.
Jean-Louis es un enigma cinematográfico. Un director cuya mirada pasó desapercibida injustamente, a pesar del derroche de imaginación que provocan sus propuestas.
La fiera y la fiesta retoma la energía fantasmagórica del cine-arte de Jean-Louis, y su leyenda personal para rendirle no sólo tributo, sino también dibujar un ensayo sobre el cine de autor y las obsesiones personales.
Geraldine Chaplin interpreta a Vera, una actriz retirada cuya actualidad brumosa, está cicatrizada por un pasado glamoroso y lleno de fama. Eso, y la profunda saudade que le invade la ausencia de su amigo íntimo Jean-Louis Jorge, cuyo vínculo de amistad sigue siendo igual de intenso, incluso después de la muerte.

Vera viaja hasta el caribe con la intención de rodar un guion, supuestamente inacabado, de Jean-Louis, como un acto de amor hacia la memoria de su ex-compañero de aventuras. En este proyecto se reúne con viejos amigos y colegas de la industria, como Víctor -interpretado por Jaime Pina -, Martín -interpretado por Luis Ospina -, o Henry -interpretado por Udo Kier-que le ayudarán a llevar a cabo la filmación.
Durante el rodaje, Vera conocerá por primera vez a su nieto, Yoni -interpretado por Jackie Ludueña-, un joven bailarín que ha sido también contratado para el film, con quien Vera tendrá momentos de reconciliación, pero también de duda sobre lo que su pasado esconde. Una duda que se materializa en pequeños detalles -como el extraño y secreto fetiche que tiene por degustar sangre- que pronto, provocarán un giro brutal, entre lo sardónico y macabro, hacia el final del film.

No es spoiler, pero para entender el conflicto de la película, precisa mencionar que, de alguna manera, el fantasma de Jean-Louis Jorge estará presente en el rodaje de Vera, lo que abrirá hondos pasadizos interpretativos tanto para quienes están filmando la película perdida (casi maldita) del cineasta asesinado, como para nosotr@s espectador@as.
La genialidad de La fiera y la fiesta recae en su tono. En la construcción de un relato onírico y dramático, a través de un cine que habla del cine. Los metrajes originales de Jean-Louis Jorge, componen algunas de las secuencias, resaltando al valor del archivo como un objeto de memoria (histórica-personal) y reconciliación.
En el año 2019, la escritora mexicana Valeria Luiselli, publicó la novela de carretera Desierto Sonoro, una que habla de temas muy distintos a los de la película -Luiselli se centra en el desplazamiento de las comunidades indoamericanas y fundamentalmente en la travesía que los niños migrantes realizan desde sus lugares de origen-, pero que rescato en la conversación, debido a que también coloca al archivo no como un documento sólo para su preservación, sino también como una pieza de cartografía histórica, y es en este punto en donde encuentro conexiones profundas: el hecho de reconciliarse con un pasado poco claro, narrado a medias, a través de las evidencias guardadas en casetes, fotografías, mapas, o testimonios reescritos en actas de defunción y el interés por buscar respuestas ante las preguntas que estos archivos arrojan en el presente.

