Manifesto: Un monólogo sobre el arte y el mundo

Póster publicitario oficial de la película Manifesto (2015), del director y artista visual, Julian Rosefeldt.

Trailer de la película “Manifesto”.

Julian Rosefeldt, nacido en 1965 en Múnich, Alemania, es un artista visual mayormente reconocido por sus video-instalaciones, en las que reconstruye conceptos y temáticas, a partir de filmaciones oníricas y de carácter teatral.

En 2015 una de sus obras más notables fue exhibida en el Australian Centre for the Moving Image de Sydney. Se trató de la video-instalación “Manifiesto”, en donde se apropia de algunos manifiestos artísticos y políticos del siglo XX, muchos de ellos paridos en el tiempo de las vanguardias, para generar monólogos recitados en boca de personajes que en situaciones específicas, confrontan al astío de la modernidad; sus contradicciones y apocalípticas rutas de progreso.

La instalación de “Manifesto”, antes de ser película, consistió en un despliegue de pantallas en espacios abiertos, que reproducían las distintas situaciones que personificó Cate Blanchet.

La instalación consistía en 13 pantallas en donde se reproducían los manifiestos artísticos y políticos de 50 autores, entre los que figuran Tristan Tzara, Paul Eluard, Karl Marx, Francis Pocabia, el colectivo Dogma, entre otros. El conjunto de videos estaba conformado por un prólogo, un epílogo y en medio de ellos, once conjuras luminosas dichas por las 12 encarnaciones que logra la actriz australiana Cate Blanchet.

El proyecto artístico fue presentado un año después, en 2016, en los museos Hamburger Bahnhof de Berlín y el Armory de Nueva York. Luego de esto, Rosefelt decidió empaquetar sus 13 pantallas en una cinta que dio por resultado, una conversación bifurcada entre quienes amaron la película y quienes la consideraron una pérdida de tiempo.

Manifesto (2017) el film, fue estrenado en el Festival Internacional de Cine de Sundance. A partir de ello, el trabajo realizado por Blanchet, logró acaparar más comentarios y expectativas que la película en sí misma. Su capacidad de interpretación deslumbró, al desaparecer en transformaciones humanas que fusionan el ultra-realismo con lo simbólico.

Los personajes que interpreta Blanchet, que van desde un vagabundo que recorre un paisaje distópico lanzando mensajes proféticos, hasta una profesora de primaria que les enseña a sus pequeños estudiantes sobre el arte de copiar, replicar y mutar, son para la mayoría de críticos, el acierto del film.

Esta pieza, particular y personalmente, alcanza a abrir un debate que a veces es menospreciado o incluso olvidado, pero que, a pesar de ello, suele estar presente en la industria cultural contemporánea, y me refiero a la línea muy delgada que existe entre cine y arte conceptual.

Para muchos no se puede hacer ambas. O es cine o es arte conceptual, lo que nos lleva a preguntarnos, ¿qué lo hace qué?, porque al menos, autores como David Lynch (Por mencionar sólo uno de los más estudiados), han aportado una mirada que mezcla estas dos formas de creación.

¿Qué hace que una película sea una película y no un video-arte?

Para la gran mayoría, esto se resuelve fácilmente: una película debe contener una historia. Un arco narrativo en clave aristotélico, es decir, un inicio, un nudo y un desenlace. Manifesto, en apariencia carece de al menos las dos que preceden al inicio, pero esto, sólo sucede si evitamos o dejamos de lado, el contenido de los manifiestos, los cuales no son sólo provocadores, sino también problemáticos en sí mismo.

Lo que hace Rosefeldt es dejarnos sobre bandejas una serie de contradicciones a descifrar. Un juego de puzzles para armar. No en el sentido de crear una historia sólida, sino una especie de examen de consciencia hecho al arte mismo y a quienes se dedican a trabajar en dicho rubro, pero también a nosotros que lo consumimos (un consumo, que a propósito, suele parecerse al de la comida enlatada: fácil, cómodo y sin transgresión).

Cuando el arte se auto-cuestiona, lo interesante es cómo lo hace, y el cine nos ha dado muchas lecciones: desde The Truman show (1998), del director Peter Weir, que pone sobre la mesa el impacto que tiene la narrativa de la televisión de entretenimiento; hasta propuestas más recientes como Birdman (2014) de Alejandro González Iñárritu o The square (2017) de Ruben Östlun, en donde vemos muy claro el exorcismo que se le hace a las industrias creativas, los gremios artísticos y la crítica incluida.

Manifesto rompe con muchos convencionalismos y podría llegar a ser una película inclasificable, conceptual, que es a su vez una exploración de géneros. Desde el drama, la comedia satírica, el sci-fi o el thriller. Indiscutiblemente, el guion está bañado por una poética muy propia del estilo de comunicación que solían tener los eruditos del siglo pasado. Y no es que ahora ya no se encuentre esto, pero precisa decir que el germen estuvo ahí, entre las ideas modernistas y posmodernistas que alguna vez anidaron la cabeza de artistas e intelectuales.

Es así como Rosefeldt se anima, con ayuda de las finas interpretaciones -que son casi postales- de Blanchet, a recorrer escenarios extraños y cotidianos y a preguntarse por cuestiones esenciales, intrigantes y a veces aterradoras: ¿qué tanto valen nuestras rutinas?, ¿a quién beneficia nuestro trabajo?, ¿nuestros Estados realmente nos representan?, ¿en dónde y con quién hemos sido y somos hipócritas?, ¿cuándo realmente somos honestos?, ¿qué significa estar encarcelado?, ¿qué tipo de prisiones existen en nuestras vidas?, ¿dónde y cuándo somos libres?, ¿existe la originalidad?, ¿Cómo es nuestra relación con Dios?, ¿y con el mundo?

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