
“(…) Los apocalipsis, yo suelo creer, tienen una característica común, que es, que nunca se realizan.” -Martín Caparrós
Diciembre 28 del 2020. El año de la pandemia.
La fascinación por los Apocalipsis, oh Lord, es enorme. -Así empezaría esto si fuera un blues. -Nos interesa muchísimo encontrar respuestas ante la insondable idea del fin del mundo. A lo largo de la historia antropológica, hemos sido espectadores e incluso participantes, de las provocaciones que causan las historias o mitos fundacionales, relacionados al fin de los tiempos.
Textos teológicos, leyendas urbanas, temas literarios y demás documentación, puede demostrar que desde tiempos de profetas, el día del juicio final, es un acontecimiento inminente y altamente crucial.
Douglas Dixon es un escocés que además fue paleontólogo y divulgador científico. Es conocido por atreverse a imaginar qué sería del planeta después del fin del humano, es decir, luego del apocalipsis.
Después del hombre: Una zoología del futuro, es un libro ilustrado y publicado en 1981. En sus páginas, las y los lectores se encontrarán con el planteamiento de un mundo 50 millones de años después de la era del homo sapien. Dixon nos describe y sistematiza la evolución de la fauna que habitaría ese mundo sin personas.
El señor Douglas, realizó este manuscrito echando mano del sci-fi y sus conocimientos técnicos en geología, zoología y paleontología. El resultado es un interesante bestiario que nos recuerda a las enciclopedias de animales prehistóricos o antecesores a nuestra era.
La excusa o el motivo de esta zoología futurista, es principalmente por la necesidad de hablar sobre la evolución. Evolución como proceso, como idea, como reconocimiento del orden natural de las cosas. Movimiento o devenir evolutivo, para ser más preciso.
En 1990, Dixon volvió a publicar otro de sus ejercicio de biología especulativa. Esta vez, con ayuda del ilustrador Philip Hood, se aventuró en la contraparte antropológica de su antecesora enciclopedia zoológica.
El hombre después del hombre: Una antropología del futuro, explora las civilizaciones primitivas que se han desarrollado en un planeta cuya humanidad, ha sido desplazada por otras especies terrícolas, sintientes e inteligentes.
Entonces, ¿imaginar el fin del mundo nos obliga a repensar la idea de evolución?, ¿o es acaso más conveniente reconocer la necesidad no de un fin del mundo, sino de un proceso de evolucionar ante la hostilidad del mundo (que constantemente nos recuerda al fin)?
En el 2020 esta idea se asomó con espanto. El ataque del covid-19 hacia las sociedades modernas, y todas sus implicaciones, reveló y recordó la fragilidad de la especie. También nos hizo repensar el futuro de forma drástica. Esto, bajo una perspectiva evolutiva, es tan natural como esperanzador.
La devastación puede ser un hecho que existe y exige de nuestra atención, de nuestras manos a la obra, pues con en esa idea, no sólo somos los únicos que podemos preservarla en la conciencia colectiva, sino también, somos íntimamente causantes de una deriva ambiental que se observa desde el derretimiento de los polos en el último siglo, hasta la construcción de escenarios propicios para una pandemia.
Si el acontecer presente es una distopía, no nos queda otra opción que pensar en lo que pasará después, en la reconstrucción de nuestras sociedades y nuestras vidas propias. Pensar en el futuro como excusa para encargarse del presente. Pensar en el futuro para cultivar y alumbrar las sombras de la actualidad.
Así como estudiamos el pasado, precisa estudiar ese futuro que deseamos. Y eso me parece, no debe realizarse sin las claras lecciones que nos puede brindar el presente. Lecciones de humanidad transatlántica e híper conectada.
Desde que fuimos nómadas hasta que nos asentamos y volvimos sedentarios, tuvimos el enorme y egocéntrico deseo de poblar el mundo, hacerlo nuestro, dominarlo a través del conocimiento, de la ciencia, la creatividad y la supervivencia.
Si aquel deseo de evolución, reflejado en los ojos brillantes de un Neanderthal o ancestro pre-humano, que creyó en el poder del fuego y las estrellas, y vio las más puras y primitivas apariciones de Dios, sirvió de motor para fundar la diversa y compleja historia de la humanidad, pues supongo que la tarea está dada desde el principio: pensar o generar futuros.
Y a este punto, la lección a lo mejor va por un sentido, ya no de inmortalidad ni de permanencia de la especie (por más obsesionados y preocupados que estemos), sino de pura ética global. Redención natural y hacer las paces con nuestra propia casa.
Hemos poblado al mundo. Ese fue nuestro deseo. Ahora, hemos de hacernos cargo.











