“El encuentro de Comunicación popular y alternativa, Rev(b)elando Realidades, auspiciado por el Equipo Maíz, dio una enorme importancia a la imagen como recurso alternativo de diálogo, entre las múltiples vivencias de aquellos que consideramos oprimidos, y sus voces pasadas que mantienen las memorias.”
Por Ramiro Guevara.
Este 5 de noviembre, en la Universidad de El Salvador (UES), se llevó a cabo el encuentro de comunicación popular y alternativa, “Rev(b)elando Realidades”, en el que el poder de la imagen, nos hizo evocar la importancia que tiene la fotografía en el tema de la memoria. Pudimos reflexionar que, más allá de las imágenes, están las historias, y he ahí el valor de las fotos: la experiencia humana que hay detrás.
Fue así como el cine-teatro de la Universidad de El Salvador, llenó de imágenes varias, que nos recuerdan la invaluable necesidad del retrato en tiempos actuales, en el que el fotoperiodismo, está en un auge importante pero a su vez, en un período de vulnerabilidad que no facilita las relaciones entre medios y poblaciones.
Daniela Brunet, directora y organizadora de Equipo Maíz, en su discurso inaugural, puso sobre la mesa el empoderamiento de la historia a través de la fotografía: “No sólo la palabra queda, también la imagen”. Por eso mismo, dentro del evento, se hizo una galería hecha con alrededor de veintitrés muestras fotográficas de diferentes autores, que concursan a través de un voto popular, es decir, todo aquel que participa en el foro, puede votar por su favorita.
Las fotografías mostraban distintas perspectivas de la mezcla contradictoria entre ruralidad y urbanidad, nacionalidad y extranjerismo, violencia y ludismo, en contextos donde la desigualdad y los sueños, conviven como una suerte de pareja disfuncional, como Mateo 5:3, de Jaime Edgardo Mejía Menjívar, en la que vemos en blanco y negro, a una anciana de mirada cansada (o triste), cuya edad sobrepasa los setenta y nueve, con una canasta y un bordón, sentada a las afueras de la Catedral de la Santísima Trinidad en Sonsonate, esperando a que salga la gente de misa para extenderles la mano y pedirles una ofrenda para esta pobre indigente; o Sueños de harina, de Paola Elizabeth Henriquez Romero, otro retrato en blanco y negro que nos introduce a un joven con seis costales de harina sobre su cabeza. Un Jorge que es explotado en Arrocera la Palma, todo con tal de pagar sus estudios en la Universidad Tecnológica (UTEC).

Y así podríamos ir mencionando varias fotografías que nos llevan a escenarios cotidianos, pero que a su vez, se esconden muy por debajo del tejido social que nos rodea. Lucia Ixchiu, gestora cultural y comunicadora de Guatemala, quien está al frente del proyecto Festivales Solidarios, inició el ciclo de ponencias que cubría la primera parte del evento, hablando de la necesidad urgente de trabajar comunicación y arte, en donde el rubro de la imagen es muy importante. No sólo porque la imagen testimonia, sino que con ella, podemos acercarnos de mejor manera a lo acontecido, a la identidad, y a la expresividad.
Tanto la imagen en movimiento como aquella que está fija, forman parte de un sistema de codificación que, además de asombrarnos por los contenidos, también nos ayudan a humanizar vivencias y retener historias. Cuántos no recuerdan la tragedia del 9/11 (La neoyorkina y la chilena, con el golpe militar a Allende), las manifestaciones de la Primavera Árabe, los salvadoreños migrantes, padre e hija, ahogados en el río Bravo, los últimos minutos de oratoria de Monseñor Romero, antes de recibir un impacto de bala en el corazón en plena misa, o la fachada de la Catedral Metropolitana de San Salvador, cuando aún estaba decorada con los frescos del artista Fernando Llort. Cuántos no recordamos un sin fin de hechos, gracias a esos archivos visuales que rectifican la existencia de algo o alguien.
Claro está que hoy día, como bien lo mencionó Bartolo Fuentes,comunicador hondureño e impulsor de UNE T.V y COMUN, en su ponencia, que crear falsas realidades a través de la imagen montada, manipulada o photoshopeada, en nuestros contextos mileniales, es un riesgo que debemos correr y al mismo tiempo contrarrestar. Bajo esta perspectiva, las imágenes que mienten, crean recuerdos falsos. Dañan pasados, presentes y futuros. Si una fotografía está cargada de tiempo, lo menos que se puede esperar de ella, es que nos traslade a esas verdades o realidades que murieron en el preciso instante en el que la foto fue tomada.
Convivimos con el pasado todos los días. En los recintos comunes de nuestras casas, decorando los escenarios familiares, retratando las fiestas de quince, bautizos (o cualquier ceremonia que queremos recordar), viajes primerizos, y evocando momentos que marcaron un antes y un después, encontramos fotografías invaluables, que están ahí por alguna razón particular, y por más distintas que sean las familias, todas comparten la necesidad infinita, que se repite de generación en generación, de mantener las memorias ya sea en un álbum empolvado, una pared tatuada de retratos, o bien, una nube cibernética repleta de tesoros visuales. Momentos que no mueren, porque un negativo y un positivo han permitido revelarlos, mantenerlos, colorearlos y hacerlos perdurar.