¿Por qué escribir en pleno siglo XXI?

Vivimos tiempos inciertos, violentos, fugaces y mecánicos, donde la felicidad y el amor son mercancías que se embotellan para venderse a los mejores postores. Sonreír aunque no seas feliz, es el lema de nuestras sociedades actuales, en las que el progreso se mide a partir de cuántos litros de lágrimas no hemos derramado. Al menos es lo que percibo desde este pequeño país olvidado por la cartografía del mundo.

Nací en El Salvador un 11 de diciembre de 1997, en un lugar donde la vida es extraña (así como imagino, es en cualquier parte del mundo). A propósito de ello, siempre me gustó lo extraño. Y de alguna forma, lo extraño de la vida y la vida extraña,  fue apareciendo poco a poco en las palabras, en mi lenguaje, en las historias de realismo mágico que me contaba mi abuelo, en las experiencias durante los días de escuela y principios de la universidad, con amigos, compañeros, profesores, vecinos, amores, y otros personajes que fui conociendo.

El relato siempre me persiguió, como una omnipresencia que marcaba mis pasos, aunque me he enterado tarde de esta circunstancia.

Cuando hago una mirada en retrospectiva, de atrás hacia adelante, del pasado al presente, reconozco que las cosas han cambiado. Mucha gente ya no está, entre ellos mi abuelo, sin embargo, sus historias están todavía vigentes, no sólo por las cosas que recuerdo que me contaba, sino por compartir una colección de vivencias que ahora encuentro en una memoria colectiva, traumatizada y melancólica, sobre una historia de guerra civil, desaparecidos y exiliados. Por esta misma razón me veo obligado a ir reconstruyendo la propia historia, entrelazado por la ficción y la realidad; por el testimonio y la opinión.

Entré a la universidad a estudiar Comunicación Social no porque me guste escribir (aunque sí), sino porque me gusta contar historias, y escribir, en una época nublada por la incertidumbre, a mi juicio, es sinónimo de resistencia. No sé por qué abrí un blog, pero sí sé por qué escribo.

Escribo porque creo en la diversidad y la libertad humana. Escribo porque escribiendo me confieso y me perdono. Escribo porque estoy convencido de que sin expresión no hay verdadera democracia ni cultura. Escribo porque sé que el diálogo empieza con la palabra. Escribo por otro montón de razones, pero lo más importante es porque creo –a pesar de todo lo que he dicho antes – en un amor sincero y humano, con el que puedo entrar en comunión a través de la expresión, a través de la liberación que implica la palabra, el decir, el no callar, el manifestarse como una ola, un grito, una reinvención del fuego en mis dedos que hacen las veces de mi voz y mi boca.

En este silencio ruidoso, de fiera, como el interior de un panal de abejas que ruje, ruje y ruje.

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